Hay momentos en la política en los que una frase define a una persona. En el caso de Lina Garrido, ese momento llegó cuando dijo, sin titubeos: “Yo le perdí el miedo a la muerte”.
No es una frase retórica. En su historia pesa el territorio del que viene: Arauca, una región marcada por el abandono del Estado, por la violencia y por la presencia de grupos armados que durante décadas han condicionado la vida pública y privada. Allí nació hace 38 años, en una familia de docentes de escuela pública, profundamente creyente y arraigada a la tierra llanera.
La infancia que recuerda está lejos de la tensión política que hoy la rodea. Fue una niñez tranquila, marcada por la vida familiar y por las tradiciones del llano: los primos jugando en la calle frente a la casa, las visitas a la finca, las mañanas viendo ordeñar las vacas y los encuentros con los abuelos. Una infancia feliz que, dice, le dejó una huella clara: el valor de la familia como centro de todo.
Desde muy temprano mostró un rasgo que hoy sigue siendo evidente: liderazgo. En el colegio siempre estaba al frente de las actividades, organizando actos culturales, representando a sus compañeros o participando en deportes. Los profesores, recuerda, le repetían una frase que terminaría convirtiéndose en una especie de profecía: algún día sería política.
Ella misma lo tenía claro. Cuando terminó el colegio, en 2003, ya decía sin rodeos cuál era su sueño: ser alcaldesa de Arauca.
Ese camino empezó a tomar forma cuando llegó a Bogotá a estudiar Relaciones Internacionales y Estudios Políticos en la Universidad Militar. Luego vendría una especialización en opinión pública y marketing político. Pero la experiencia que terminó de definir su rumbo fue trabajar como asistente en el Congreso de la República.
Ahí entendió algo que marcaría su decisión: le gustaba la política, pero no quería quedarse detrás de los políticos. Quería ser una de ellos.
La política y el costo de la distancia
Mientras su carrera tomaba forma, su vida también cambiaba de manera radical. Se graduó de la universidad estando embarazada de su hija, Samantha. Hoy tiene 15 años y, según Lina, es el regalo más grande que le ha dado la vida.
Hablar de Samantha la transforma. La política, dice, también tiene un costo personal enorme, y el más duro es la distancia. Durante largas temporadas no puede verla, porque el trabajo político la obliga a vivir entre Bogotá y su región. Ese sacrificio, reconoce, ha sido uno de los más difíciles de asumir.
Sin embargo, su hija terminó encontrando una manera muy particular de entenderlo. Un día, hablando sobre esa ausencia, Lina encontró las palabras que hoy repite como una consigna familiar: “La política no me robó a mi hija. Mi hija le prestó su mamá a Colombia”.
Esa frase resume una de las tensiones más profundas de su vida pública: la lucha entre el deber político y el vínculo familiar.
Su esposo, un policía hoy retirado tras más de veinte años de servicio, también tuvo que adaptarse a ese cambio. Cuando dejó la institución, pensaba dedicar más tiempo al hogar, pero fue justo en ese momento cuando la carrera política de Lina tomó impulso y los roles se invirtieron. Ahora es ella quien pasa más tiempo fuera.
La familia, sin embargo, sigue siendo su red de apoyo. Sus padres, su esposo, su hija y sus hermanas participan activamente en las campañas. Son ellos quienes muchas veces hacen volanteo o recorren las calles cuando ella no puede estar en Arauca. Ese respaldo es, según dice, la razón por la que ha podido mantenerse firme en una política que a menudo se vuelve hostil.
Y hostil es una palabra que no usa a la ligera.