La entrevista no comienza con una pregunta, sino con un recorrido: protocolos de seguridad precisos, controles silenciosos y una organización que funciona como un engranaje. No es una casa, sino la sede de campaña de Abelardo de la Espriella en Bogotá: un espacio blindado que se parece más a una empresa corporativa que a un cuartel político tradicional.
Lo primero que sorprende no es la seguridad, aunque es evidente, sino la atmósfera. Hay orden en los detalles, método en los procesos y una sensación de estructura bien aceitada. Desde un pocillo hasta la vajilla, desde la manera en que se recibe a las personas hasta la disposición del espacio, todo responde a una lógica clara. Nada está fuera de lugar, nada es casual. Y, aun así, el ambiente no es frío: tiene sabor Caribe. Hay cercanía, amabilidad, sonrisas espontáneas; una calidez que convive con la disciplina.
Una campaña con estructura
Abelardo de la Espriella llega afónico, no cansado, y lo aclara de inmediato. No es agotamiento: son más de ciento treinta discursos en treinta días. Sonríe. Se le nota cómodo en la intensidad. Dice que duerme bien, que se levanta feliz, que la campaña no lo desgasta, sino que lo empuja. Habla con el mismo ritmo que se respira en la sede: directo, sin rodeos.
Mientras se mueve por el lugar, hay una presencia constante: Ana Lucía, su esposa. No ocupa el centro de la escena, pero está en todas partes. Acompaña, coordina, observa. Se nota que conoce los tiempos, los silencios y las tensiones. Él la nombra con naturalidad y claridad: es su as, su compañera de trabajo, la persona que lo acompaña día y noche y en quien confía sin reservas. En una campaña que funciona como una empresa, ella es el eje silencioso.
De la Espriella dice que está disfrutando la campaña porque volvió a recorrer un país al que no había podido regresar durante años por razones de seguridad. Redescubrir Colombia, insiste, ha sido una revelación. Cuando habla de la gente, se detiene un segundo, como buscando la palabra exacta. Habla de fervor, de cercanía real. “La gente no es tonta”, dice. “Sabe cuándo uno es original y cuándo está actuando”. En su relato, la conexión no es estrategia, es identidad.
La pregunta inevitable aparece temprano: ¿por qué meterse en esto? No responde como candidato, sino como alguien que cree estar cumpliendo un papel que no podía eludir. Habla de carácter, de responsabilidad, de convicción. Se define como un outsider, como un hombre de región que no viene del molde tradicional de la política. No pide permiso para decir lo que piensa ni para hacer lo que considera necesario.
No esquiva la polarización, pero tampoco la explota. Reconoce que hay un país fracturado y que hay sectores que piensan distinto. Dice que no se trata de convencer con discursos, sino de responder con hechos. Habla de sanar, de cohesionar, de asumir una obligación moral con quienes se sienten decepcionados. La palabra unidad aparece, pero siempre acompañada de otra más exigente: determinación.
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