Claudia López no empieza hablando de política. Antes de que aparezcan los cargos públicos, las campañas o las batallas que han marcado su carrera, aparece una figura que para ella sigue siendo central: su madre. “Soy hija de una maestra”, dice con naturalidad, como si esa frase bastara para explicar muchas de las decisiones que ha tomado. En su casa, recuerda, la educación no era una consigna ni un discurso: era una forma de vivir. Su madre le enseñó a leer con curiosidad, a preguntar sin miedo y a no aceptar el silencio como respuesta. De su padre, un boyacense que apenas pudo terminar el bachillerato, pero que trabajó toda la vida para sacar adelante a su familia, heredó la disciplina y la idea de que el esfuerzo es el único camino posible para avanzar.
Claudia creció en una familia grande. Es la mayor de seis hermanos, y ese lugar dentro del hogar la acostumbró desde muy temprano a asumir responsabilidades, a cuidar y a organizar. Habla de su familia con la imagen de una “manada”, una palabra que usa con frecuencia y que describe bien la forma en que entiende la vida: grupos unidos, gente que se protege entre sí, vínculos que se sostienen incluso cuando las cosas se ponen difíciles.
La pérdida que la marcó
Sin embargo, su infancia tiene una escena que todavía permanece intacta en su memoria. Cuando tenía apenas cuatro años y medio, su hermana menor murió en un accidente doméstico: cayó desde la terraza del inquilinato donde vivían, en Suba. Es un recuerdo que aparece con claridad cuando habla de esos años, y que ella misma reconoce como el dolor más grande que le ha tocado enfrentar. Después de ese episodio vinieron tiempos difíciles. Durante un periodo largo enfermaba con frecuencia, tenía fiebre constante y parecía haberse retraído, como si el cuerpo también estuviera intentando entender lo que había ocurrido.
Fue entonces cuando su madre tomó una decisión que marcaría el rumbo de su vida. No iba a permitir que el miedo definiera el carácter de su hija. En lugar de criar una niña temerosa, decidió educarla con confianza, con la idea de que la vida se enfrenta de frente. Esa enseñanza terminó moldeando la energía que hoy muchos identifican en Claudia López: intensa, inquieta, hiperactiva. De esas personas que parecen vivir siempre varios pasos adelante, incapaces de quedarse quietas demasiado tiempo.
Su infancia también refleja los contrastes de muchas familias colombianas. Durante los primeros años estudió en colegios privados bilingües, pero las dificultades económicas obligaron a cambiar el rumbo y terminó en una escuela pública del barrio. Su madre, como maestra, obtenía vivienda dentro de las instituciones educativas donde trabajaba, un beneficio que en ese momento ofrecía el sistema, y por eso Claudia creció prácticamente dentro de colegios. Los patios, los tableros y los salones de clase hacían parte del paisaje cotidiano de su vida.
La adolescencia trajo sus propias turbulencias. Perdió un año escolar y sus padres decidieron enviarla a un internado en Fusagasugá. Lo que al comienzo parecía un castigo terminó siendo una experiencia que reforzó su disciplina y su carácter. Allí aprendió a organizar el tiempo, a asumir responsabilidades y a vivir dentro de una estructura que más tarde reconocería como fundamental para su vida pública.
Del sueño de medicina a la vida pública
Cuando terminó el colegio tenía un sueño claro: estudiar medicina. Le atraían la ciencia y la investigación, pero también la posibilidad de trabajar directamente por el bienestar de las personas. Intentó ingresar a la Universidad Nacional durante tres años consecutivos y, en los tres intentos, quedó por fuera. Fue uno de los primeros grandes golpes de su juventud, una frustración que parecía cerrar el camino que había imaginado.