Hay historias que no se cuentan: se sienten. Y la de Mara Cifuentes no es una línea recta, sino una construcción hecha de quiebres, decisiones difíciles y una valentía que no siempre se ve, pero que sostiene.
Mara llega con una serenidad que contrasta con todo lo que ha tenido que atravesar. Habla con calma, pero cada palabra carga una historia. Nació en San Francisco, aunque su vida y su identidad se tejieron en Colombia. Creció en una familia numerosa, con ocho hermanos, y en medio de esa dinámica encontró algo que no siempre aparece en estos relatos: respeto. Desde pequeña supo que era distinta. No era una duda, sino una certeza.
Una identidad que no admitía dudas
No fue un descubrimiento tardío ni una etapa. Fue una incomodidad profunda con lo que no era. Rechazar lo masculino no respondía a una elección estética, sino a una necesidad vital. Y en esa claridad, su familia jugó un papel determinante. Su padre marcó un límite claro: el respeto no se negocia. Su madre, aunque atravesada por la religión y por sus propias dudas, terminó siendo un pilar clave en su proceso.
Pero la historia no se queda en la infancia. Hay un punto en el que el cuerpo empieza a contradecir lo que uno es, y ahí la vida se vuelve más dura. La adolescencia llegó con esa ruptura: la disforia, la angustia y la sensación de que el tiempo jugaba en contra. Fue entonces cuando apareció la búsqueda, la información y la necesidad de entender qué estaba pasando y cómo enfrentarlo.
Convencer a sus padres no fue fácil. Un año entero de evaluaciones médicas, psicológicas y psiquiátricas en Bogotá definió un camino que en Colombia aún tiene barreras, especialmente para menores de edad. Pero lo que inclinó la balanza no fueron los argumentos técnicos: fue verla mal, muy mal.
La transición no solo transformó su cuerpo, también le devolvió la vida. Volver a sentirse bien, salir, mirarse al espejo sin miedo, habitar su propia piel. Ese proceso, que muchas veces se narra desde lo clínico, en ella tiene una dimensión profundamente humana: recuperar la posibilidad de ser.
Y entonces vino otro salto: enfrentarse al mundo real.
El colegio fue una sorpresa. El respeto llegó de sus compañeros, incluso en medio de tensiones con algunos adultos que no lograban entender. Después vino la universidad, donde por primera vez sintió que podía pasar desapercibida. Nadie sabía. Nadie preguntaba. Y en ese anonimato apareció una oportunidad: el modelaje.
El miedo estaba ahí. Siempre ha estado. El miedo a la crítica, a la burla, al rechazo. Pero decidió arriesgarse. Y ese riesgo la llevó a la televisión y a visibilizar una realidad que en Colombia apenas empezaba a entenderse. No desde el discurso, sino desde la existencia.
Ser una mujer trans en un país como Colombia no es solo una identidad; es también una confrontación constante con la sociedad. Mara lo ha vivido, lo ha sentido y lo ha enfrentado. Pero también ha decidido contar su historia, no desde la queja, sino desde la posibilidad de inspirar.