Algo de ficción y mucho de cruda realidad se percibe en la manera como se está jugando el destino del país en estos momentos. Mientras está en juego el futuro de la región con la avanzada militar de Estados Unidos para combatir el narcotráfico —lo que implica desmontar una estructura criminal transnacional incrustada en todos los poderes de Centro y Suramérica, sin excepción, aunque con especial profundidad en algunos países, como Venezuela, principal objetivo militar y económico de Trump, aunque no el único—, pareciera que los candidatos a la presidencia de Colombia asistieran a otra obra, viviendo en una realidad paralela, desconectada de la magnitud del momento histórico.
Luego de una larga y conflictiva espera, por fin el Centro Democrático se decidió por Paloma Valencia como su candidata. Una muy buena elección, sin duda, aunque tardía y con un margen de maniobra reducido frente a la sorpresiva candidatura de Abelardo de la Espriella, que ha logrado tomar ventaja. Dirán los más optimistas que, con el apoyo de Uribe, Paloma despegará rápidamente. Otros, uribistas de corazón que no pertenecen a su partido —y lo dicen sin pudor en las redes—, se van con el tigre. A mi juicio, se perdió una oportunidad valiosa: Paloma aparece hoy más cercana al centro que a las posiciones radicales de Abelardo, en un momento en que la indefinición puede resultar mortal.
Ir a una consulta entre candidatos que apenas suman poco más del diez por ciento es una alcahuetería y un derroche de dinero injustificado, difícil de tolerar para un electorado cansado del despilfarro del presente y nefasto gobierno. Ya veremos en marzo si Paloma logra imponerse, apostando a un triunfo que no está, ni de lejos, garantizado. Las fuerzas politiqueras pueden terminar imponiéndose, y la mano de la izquierda —con una línea ética largamente corrida— intervendrá favoreciendo a su aliado, el traidor Santos. Se la juega peligrosamente Paloma y, sobre todo, su jefe, Álvaro Uribe.
Lo que me habría gustado que ocurriera —y que todavía podría ocurrir, si creemos en milagros— sería haber visto a Paloma reunida con Abelardo inmediatamente después de su designación como candidata, y que hubiesen llegado a acuerdos, suponiendo que los intereses de la Nación están por encima de los personales, como tanto cacarean los distintos candidatos, cosa que ya nadie les cree.