Podemos agradecer a Dios haber sobrevivido al paso infame por el poder de todo un señor mequetrefe. De un mamarracho que nunca debió ser presidente de Colombia. Y no es poco lo que tenemos que agradecerle a Dios, siendo conscientes de las barbaridades que cometió ese señor.
Motivo de gratitud con Él porque ya no restan más que unas cuantas semanas para que el nefasto gobierno de Petro y su banda criminal pasen de ser quienes gobiernan a quedar en la mira de la justicia nacional e internacional. Y el otro motivo es que no queda la menor duda de que el heredero de Petro, el anticandidato Cepeda, no tiene la menor opción de sacar la votación requerida para superar a su contendiente.
Sin esta última condición, no tendríamos nada que agradecerle, porque el futuro sería más dramático que un presente que se ha hecho insoportable.
Al país se le apareció la Virgen con la candidatura de Abelardo de la Espriella. Contra todo pronóstico, un curioso personaje decidió pasar de una vida apacible en Italia a medírsele a un ogro de inmensa peligrosidad. Pareciera un cuento de hadas, pero qué le vamos a hacer.
A veces la ficción se toma un mundo real que trata de imponerse por encima de los sueños y anhelos de las personas. Con una simbología casi medieval de Tigres y Defensores de la Patria. Con gestos sacados de películas para niños, como el de Firmes por la Patria haciendo el saludo militar, en un mundo en el que, por la virtualidad y la IA, nos vemos inmersos en fantasías que nos hablan de que la realidad puede ser otra cuando quienes la protagonizan son héroes legendarios.
Como en todo cuento, aparecen enemigos en forma de monstruos, villanos que no podrían estar mejor retratados que en la figura de un Cepeda. Y de sobra hay otros mal encarados, como Mordisco o Calarcá. A ellos y a muchos más es a quienes tendrá que enfrentarse nuestro héroe, pero para lograrlo tiene que pasar por las oscuras aguas de una justicia tomada que quiere impedirle el paso con sentencias amañadas.