A quienes están empeñados en dividir a la derecha, lo ocurrido el domingo pasado podría terminar favoreciéndolos, aunque a primera vista parezca lo contrario. El triunfo pírrico de Paloma Valencia se produjo frente a unos contendientes que ni siquiera hicieron campaña y que se limitaron a disfrutar del cuarto de hora mediático que se les brindó en bandeja de plata para satisfacer sus vanidades y, de paso, intentar convertirse en fórmula de la candidata. Paloma, en cambio, sí contaba con una estructura de partido y realizó una intensa campaña acompañando al jefe de su colectividad por todo el país.
Una campaña orientada más a posicionar su propio nombre que a fortalecer la lista al Congreso. Eso se refleja en los números: obtuvo más votos en la consulta que la propia lista del Centro Democrático al Senado.
Con todo el bombo que le han dado al 45 % con el que Paloma “arrasó” en esa jornada, se olvida un dato elemental: esos 3,2 millones de votos equivalen apenas al 16 % de los casi veinte millones de colombianos que votaron para el Senado. Con semejante proporción, cantar victoria es cuando menos prematuro. Sin embargo, han bastado para acaparar toda la atención y dar por derrotado a Abelardo de la Espriella. Peligrosa deducción, cuando a quienes se enfrentan esos dos candidatos de la oposición es al nefasto gobierno actual con una maquinaria corrupta, que opera desde el mismo Estado, puesta a toda marcha con el fin de mantener en el poder a una izquierda destructora.
El peligro es la ilusión de victoria que pueden producir unos votos que no eligen a nadie. No son más que la ratificación de algo ya sabido, lo que no justifica un gasto brutal para los contribuyentes en una costosa escenificación preelectoral, sino apenas un encuentro alrededor de un cafecito donde se sellara una alianza y unos acuerdos, si es que valía la pena empeñarse. El Centro Democrático se enfrentaba, al fin y al cabo, a unas pulgas electorales.