En medio del luto por la tragedia ocurrida en el Putumayo, con un saldo de 69 uniformados muertos y 57 gravemente heridos, el país tiene que pensar muy seriamente en salir de la modorra en la que ha caído. Una modorra producto de un gobierno que ha demostrado una total incapacidad para enfrentar los problemas y, al mismo tiempo, una gran habilidad para aprovecharse de ellos con el fin de cumplir su objetivo de destrucción a como dé lugar, sin ningún tipo de consideración ética ni política, arrasando con lo que encuentre a su paso.
Se nos presenta una oportunidad caída del cielo con la aparición de un outsider que ha sembrado esperanza con planteamientos claros sobre lo que sería su gobierno. Abelardo no se deja amedrentar por ataques, vengan de donde vengan, y sigue su camino como caballo cojo, que va con toda, sin freno; decidido y rápido, arremetiendo con fuerza, sin freno. Como caballo con anteojeras que no mira a los lados, que sigue de frente sin distraerse ante quienes intentan detenerlo poniéndole trancas en su propósito de llegar a la presidencia.
A la modorra se suma el fatalismo, que conduce a la resignación, a la aceptación de un estado de cosas que en circunstancias normales provocaría honda indignación. Y no es poca cosa haber tenido que soportar a un mequetrefe aliado con cuanta porquería encuentra a su paso. Basta ver el tipo de ineptos que conforman su gobierno y la dudosa calidad de los funcionarios que ha nombrado. Pero no es solo eso: al contrario del rey Midas, todo lo que toca Petro se deteriora, se desmorona, se pudre. Y, aun así, pretende imponernos a uno de los políticos más peligrosos, alguien que llevaría al país a la destrucción total; una destrucción que él mismo, por sus adicciones, su incompetencia, su vulgaridad y su inmensa pereza, no ha logrado ni logrará en su agónico gobierno.