Esta no es la historia de una senadora. Tampoco es el perfil tradicional de una precandidata presidencial. Es la conversación con una mujer que ha crecido con el poder en los pasillos de su casa, pero que insiste en decir que lo suyo es el servicio, no la vanidad. Una mujer que se define como patoja, madre, apasionada. Una mujer que cree que Colombia necesita más afecto que autoridad. Y que, sin rodeos, dice que está lista para gobernar.
“Yo estoy en la política porque no puedo no estar.”
Así lo dice Paloma, con el tono de quien no actúa, sino que se confiesa. Su pasión por Colombia no es una frase de campaña: viene de cuna. Nieta de un presidente y de un educador que cambió la historia académica del país, hija de un político que hacía rifas para financiar sus campañas, creció en un entorno donde la política se respiraba, pero donde la honestidad era una exigencia. “Podrán decir muchas cosas de nosotros, pero nadie ha podido señalarnos de ladrones.”
La fuerza del legado
Paloma Valencia no se construyó solo con apellidos. Se forjó desde la palabra: fue columnista, analista, lectora insaciable. Desde allí, desde la opinión, fue ganando terreno hasta que llegó la llamada más inesperada: Álvaro Uribe, su mentor, su guía, su “mayor honor”, la invitó a ser parte del naciente Centro Democrático. Ella no lo duda: “Soy soldado de su casa”.
Han pasado doce años desde entonces. Hoy, Paloma es más que una figura del uribismo. Es una voz con identidad propia, que no se limita a repetir discursos, sino que se atreve a proponer ideas desde su experiencia, desde la tecnología, desde la maternidad, desde la poesía.
La madre, la mujer, la líder
Amapola es el nombre de su hija, y es también su ancla. Cada día empieza a las 5:00 a. m. con un desayuno imperfecto hecho por su esposo y una batalla por el peinado. En medio de plenarias, entrevistas, recorridos y debates, Paloma encuentra en su rol de madre el argumento más potente para querer cambiar el país: “Colombia siempre ha tenido papás, pero nunca una mamá”, dice. Y ahí está su propuesta: un liderazgo desde el cuidado, la firmeza, la empatía y el amor. “Este es un país huérfano de afecto.”
El país que perdió los colores
La conversación se detiene cuando habla de Miguel Uribe, su compañero de partido, víctima reciente de un atentado. “Desde ese día, el país se volvió blanco y negro para mí. Perdí el brillo”. Pero en lugar de rendirse, Paloma insiste: “Hay que dejarle a nuestros hijos un país con todos los colores”.