Hay vidas que no comienzan con una oportunidad, sino con una herida. Historias que se escriben desde la pérdida, desde la pobreza, desde un incendio que lo cambia todo. La historia de 'Jota Pe' Hernández nace allí: en un rancho de madera, zinc y plástico construido por sus padres en un lote de invasión en el norte de Bucaramanga.
Tenía cuatro o cinco años cuando ese rancho ardió. Su hermana menor, de dos años y medio, murió con quemaduras en la mayor parte de su cuerpo y su familia quedó en la calle. Desde entonces, la vida dejó de ser un lugar de infancia para convertirse en un lugar de sobrevivencia. Sus padres se hicieron vendedores ambulantes y él también.
A los diez años ya trabajaba en tiendas, restaurantes y almacenes, mientras estudiaba como podía. La pobreza formó su carácter y le dio una lectura temprana del país, de la desigualdad y de los caminos que se bifurcan cuando uno crece sin red.
Aunque soñaba con estudiar Comunicación Social, el préstamo solo le alcanzó para iniciar el primer semestre. No pudo continuar, lo que para muchos habría sido un punto final, en él se volvió el principio de otra ruta. Con lo que ganaba lijando sillas compró un celular con cámara. Con ese celular creó un pequeño noticiero digital. Su primera suscriptora fue su mamá. La segunda, su tía. Después llegaron diez, cien, mil… un millón.
Su voz nació desde afuera, al margen de la política, explicando lo que otros no explicaban y denunciando lo que no siempre se contaba. Un ejercicio empírico, directo, visceral, pero profundamente conectado con la ciudadanía que raras veces siente que alguien la representa.
Un outsider que nadie vio venir
Tres partidos buscaron convencerlo de lanzarse al Congreso. Él se negó. La política le producía desconfianza. Su vida no había pasado cerca del poder, sino en la intemperie. Pero sus padres le dijeron algo que lo cambió todo:
"Llevas años criticando. ¿Por qué no intentas cambiar algo desde adentro?"
Vendió su casa, imprimió periódicos con propaganda hecha a mano, recorrió 21 departamentos y habló con la gente sin intermediarios. Terminó convirtiéndose en el tercer senador más votado del país. Un resultado que sorprendió a partidos, analistas y estructuras tradicionales.
Nada en su historia parecía anunciar un futuro político. Pero la política, como la vida, a veces se abre por las grietas menos imaginadas.
La coherencia como eje
En su relato aparece una palabra constante: coherencia.
Coherencia para confrontar reformas tributarias sin importar quién gobierne. Coherencia para denunciar recortes que afectan a agricultores, deportistas, estudiantes o sectores esenciales del Estado. Coherencia para afirmar que el país no sufre por falta de recursos, sino por el derroche y la corrupción que desangran la inversión pública.
Cuando asumió la presidencia de la Comisión de Ética del Senado, redujo la planta de 14 contratistas a solo 2 seleccionados por mérito, lo que representó un ahorro de cerca de 500 millones de pesos y un aumento en la productividad. También cuenta cómo, con su propio salario, ha reemplazado tableros rotos y pupitres en escuelas del país.
Para él, gobernar es como administrar una casa: cuidar lo que hay, vigilar quién entra, evitar gastos innecesarios y arreglar lo que está dañado. Su visión es simple en forma, pero compleja en origen: proviene de una vida donde nada sobraba.