Hay artistas que nacen de un lugar, y hay otros que nacen de un territorio espiritual.
Gabo escribió desde el realismo mágico, ese universo donde lo imposible aparece con naturalidad en la vida cotidiana.
Pero en el Pacífico profundo —donde nace Yuri— no hay irrupción de lo extraordinario: lo extraordinario ya es la vida misma.
Allí, la selva respira, el mar avisa, los sueños orientan, las ballenas conversan con los hombres, los ancestros caminan a la par del presente y un tambor puede anunciar un nacimiento o una despedida.
Ese territorio no se explica desde la lógica del asombro mágico, sino desde una verdad ancestral y viva, donde mito y realidad no se separan.
Por eso Yuri Buenaventura no “escribe” realismo mítico.
Él es realismo mítico.
La música es su forma de contar un mundo donde nada es invención, porque todo —absolutamente todo— nace de una verdad espiritual que se respira, se canta y se hereda.
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¿Qué es realismo mítico en Yuri?
El realismo mítico es la manera en que el Pacífico interpreta la vida:
no como un escenario de ficciones, sino como un territorio donde lo espiritual, la naturaleza, la memoria y lo cotidiano conviven sin fronteras.
No hay metáfora.
No hay exageración.
No hay fantasía.
Hay verdad.
Una verdad donde:
• la naturaleza tiene voz,
• los ancestros se sienten,
• los sueños orientan decisiones,
• los tambores son archivos de memoria,
• el agua piensa,
• la comunidad preserva la vida a través del canto.
Lo que para otros sería prodigio, en Buenaventura es costumbre.
Ese es el territorio que habita Yuri, y ese es el universo que aparece en su música, no como un recurso literario, sino como la respiración misma de su origen.
Yuri Buenaventura no nació en una ciudad: nació en un territorio entero.
Su infancia transcurrió en el Pacífico profundo, en una casa rodeada de agua, cangrejos, culebras, peces globo convertidos en balones de fútbol y una selva que entraba por la ventana como si fuera un familiar más. Era un niño criado en un mundo donde los juguetes estaban vivos y la naturaleza no era paisaje, sino compañía.
Buenaventura fue su escuela. La lluvia incesante, los manglares, los ríos, la marimba, las ballenas que se acercan como mensajeras, la comunidad negra cimarrona que hizo del Pacífico un gran palenque. Un territorio que Yuri define como uno de los lugares más biodiversos del planeta, donde el compartir es un mandamiento no escrito y la solidaridad es el único sistema económico real.
Su llegada al mundo también fue musical. No nació en un hospital, sino en su casa, asistido por una partera. Mientras su madre daba a luz, los vecinos se reunieron con tambores y marimba para celebrar. Su padre, preocupado por el ruido, pidió silencio. Los vecinos respondieron con una certeza mayor que cualquier ciencia:
“Hacemos música porque va a nacer su hijo.”
Desde esa primera respiración, la música no fue un oficio; fue destino.
Pero el paraíso también se quiebra. Con la privatización del puerto y el fin de los salarios en dólares, Buenaventura cayó en una espiral de pobreza, ausencia del Estado y violencia. Las fronteras se llenaron de clandestinidad, de grupos armados, del narcotráfico que se incrustó en cada esquina. La vida se volvió un territorio de riesgo.