Roy Barreras llega a Kién es Kién sin la ansiedad del político que necesita justificarse a cada paso. No intenta parecer nuevo ni distinto. No lo es, y no le incomoda decirlo. En un país atravesado por la improvisación, los extremos y el ruido permanente, Barreras insiste en una idea que hoy resulta casi incómoda: la experiencia también es un valor.
Biografía antes que épica
Habla con la tranquilidad de quien ya estuvo donde se toman las decisiones. No entra a la conversación desde la épica ni desde el resentimiento, sino desde la biografía. Hijo de una madre soltera, criado en barrios populares de Bogotá y trabajador desde muy joven, fue mesero, panadero y taxista antes de convertirse en médico. Durante años trabajó en hospitales públicos, en urgencias, salvando vidas. Estuvo en Armero después de la tragedia y en el terremoto de Armenia, en escenarios donde el Estado apenas llegaba. “He pasado la vida salvando vidas”, dice, sin dramatizarlo.
Esa experiencia marcó su manera de entender el poder. Barreras no idealiza la política: la describe como un oficio hostil, ingrato, incluso infeliz. Lo dice con franqueza: “La política no me hace feliz, pero es una obligación”. Para él, la felicidad está en la literatura, en sus hijos, en sus nietos y en la vida privada. La política aparece cuando cree que retirarse sería una forma de irresponsabilidad frente a un país que sigue acumulando fracturas.
Cuando habla del sistema de salud, no teoriza. Habla como médico. Es directo y crítico. No se puede desmontar un sistema sin tener listo el siguiente, porque en ese vacío se pierden vidas humanas. Para Barreras, gobernar no es improvisar ni experimentar con la vida de la gente. “Yo no improviso, yo hago las cosas”, afirma, insistiendo en que las reformas deben corregir errores sin dejar a los ciudadanos a la intemperie.
Defiende un sistema de salud mixto, público y privado, con controles reales a la corrupción, pago digno al personal médico y una lógica básica que hoy parece olvidada: si el Estado es capaz de hacer llegar otros servicios a la casa, también debería garantizar que los medicamentos lleguen a quienes los necesitan mes a mes para sobrevivir.
En seguridad, su discurso se aleja tanto del autoritarismo como de la ingenuidad. No promete mano dura ni concesiones ilimitadas. Plantea recuperar el control del territorio, proteger a las familias en los barrios y usar la tecnología como herramienta real de prevención. Repite una idea sencilla, pero contundente: ningún gobierno tiene sentido si no protege la vida cotidiana de los ciudadanos.
El poder se gana sumando
Su trayectoria política, inevitablemente, genera preguntas. ¿Santista? ¿Petrista? ¿De izquierda, de centro, de derecha? Barreras no evade el tema. Explica su recorrido como una secuencia histórica del país: primero la exigencia de seguridad, luego la urgencia de la paz y después la deuda social. Acompañó procesos, rompió cuando consideró necesario y asumió costos políticos cuando decidió hablar con enemigos para cerrar una guerra. No lo presenta como virtud moral, sino como decisiones tomadas en momentos críticos de la historia reciente.