Hay personas que no necesitan impostar una versión de sí mismas para ser coherentes. María Paz Gaviria es una de ellas. La niña espontánea que recorría el Palacio de Nariño sin miedo a las cámaras es hoy una mujer que habla, con la misma naturalidad, de arte, política, cultura y país. No hay ruptura entre esas etapas: hay continuidad.
María Paz nació en Pereira y creció entre dos realidades que marcaron profundamente su carácter. Por un lado, una infancia protegida y amorosa, donde la expresión y la autenticidad nunca fueron reprimidas. Por otro, uno de los momentos más violentos y complejos de la historia reciente de Colombia, cuando el narcotráfico desafiaba al Estado y el miedo hacía parte del paisaje cotidiano. Ser hija del presidente, en ese contexto, significó vivir bajo amenaza; pero también aprender muy temprano que el país no es una abstracción. Es una experiencia que se siente en la piel.
Sus padres, Ana Milena y César Gaviria, tomaron una decisión que marcaría su vida: permitirle ser niña, ser libre, ser espontánea. En un Palacio donde no había niños pequeños desde hacía años, María Paz jugaba, reía y corría; se ponía la ruana del país y miraba el mundo sin solemnidad. Esa libertad, dice ella, fue un regalo. También fue la base emocional para todo lo que vino después.
Cuando terminó la presidencia, la familia se trasladó a Washington. María Paz tenía once años y el cambio fue radical: pasó de la exposición permanente al anonimato, de ser observada a ser una más. Aprendió inglés, hizo amigos y se enfrentó a la vida cotidiana de una adolescente cualquiera. Agradece profundamente ese tránsito, porque le permitió construirse lejos del ruido y forjar una identidad propia.
Después vino Nueva York. Primero, como pasante en una galería de arte a los 16 años; luego, como estudiante universitaria. Llegó apenas dos semanas antes del 11 de septiembre y vivió el miedo, la incertidumbre y la fragilidad que deja una ciudad herida. No era una experiencia desconocida para alguien que había crecido en una Colombia marcada por bombas y amenazas. Aun así, fue otra capa de conciencia sobre el mundo.
En la Universidad de Columbia estudió artes liberales, con énfasis en historia del arte y filosofía. No lo hizo como un ejercicio estético, sino como una forma de entender la historia, la sociedad y los modelos de pensamiento que transforman realidades. Para ella, la cultura no es adorno: es estructura, posibilidad y herramienta de cambio.
Trabajó en galerías, museos y bienales. Vivió varios años en Nueva York, pero siempre tuvo claro que su lugar estaba en Colombia. No era una pregunta de si volver, sino de cuándo. Regresó convencida de que podía aportar más desde aquí.
Su llegada a la Cámara de Comercio de Bogotá fue un punto de inflexión. Desde una entidad enfocada en competitividad y desarrollo económico, encontró el espacio para articular cultura, negocios y ciudad. Allí lideró la Feria Internacional de Arte de Bogotá (ArtBo) y la convirtió en un referente internacional. No solo posicionó al país en el mapa del arte global: también ayudó a democratizar el acceso a las artes, a fortalecer galerías, a abrir oportunidades para artistas y a consolidar un ecosistema cultural más sólido.