Hay historias que no se cuentan: se cargan. Y hay voces que no buscan justicia desde el ruido, sino desde la memoria. Helena Urán no habla desde la rabia, sino desde una convicción más incómoda: que un país que no se mira al espejo está condenado a repetirse.
Su historia empieza lejos de Colombia, pero inevitablemente regresa a ella. Nació en Bélgica, hija de madre uruguaya y padre colombiano, y llegó al país siendo una niña. A los diez años, la historia la alcanzó de frente con el Palacio de Justicia, no como un hecho histórico, sino como una fractura personal. Su padre, magistrado, no volvió.
Una verdad que tardó en llegar
Durante años, como tantas otras familias, vivió con una versión incompleta: una narrativa oficial que hablaba de fuego cruzado, caos y guerra. Pero la verdad, esa que tarda, pero llega, era otra. Su padre salió vivo del Palacio y después fue torturado y ejecutado. No es una interpretación. Es evidencia forense. Y ese descubrimiento, 22 años después, no solo reescribió su historia familiar, sino que la empujó a una búsqueda más profunda: entender cómo un país construye, o distorsiona, su memoria.
Helena no se quedó en el dolor. Se formó, trabajó en política internacional en Alemania y fue allí donde entendió algo que en Colombia sigue siendo una deuda: la memoria no es solo para las víctimas, sino para toda la sociedad. Alemania no escondió su pasado. Lo expuso, lo estudió y lo convirtió en pedagogía. Colombia, en cambio, lo fragmentó, lo politizó y muchas veces lo silenció.
Regresó al país hace poco más de tres años y encontró lo que ya intuía: el relato del Palacio de Justicia sigue atrapado entre dos versiones enfrentadas, ambas construidas desde el poder. De un lado está la narrativa insurgente; del otro, la narrativa institucional. Y en medio quedan las víctimas, diluidas, instrumentalizadas y utilizadas según convenga.
Por eso decidió escribir. Su primer libro reconstruye la tragedia desde los ojos de una niña. El segundo, “Deshacer los nudos”, es más ambicioso: no busca contar lo que pasó, sino cuestionar cómo lo estamos recordando. Porque ahí, dice, está el verdadero problema.
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