Carmen Caballero no solo nació en Santa Marta. Nació de pie, literalmente. Y esa escena, una madre con sarampión, un parto imposible, una monja rezando con una estampita de la Virgen del Carmen y una niña que decide acomodarse para venir al mundo contra toda lógica médica, parece hoy una metáfora perfecta de su vida: una mujer que llegó atravesada, desafiante, decidida, con la fuerza de quien no acepta que le digan que algo es imposible.
Su nombre no fue una casualidad. Fue una promesa. “Si nace y es niña, se llamará Carmen”, le dijo su madre a la Virgen. Y nació, de pie, como si desde entonces hubiera decidido no arrodillarse ante el miedo.
Carmen es la menor de seis hermanos. Es hija de una mujer profundamente social, capaz de convertir su casa en refugio y escuela para quienes necesitaban aprender a valerse por sí mismos, y de un hombre de campo, ganadero, sembrado en el territorio. De ahí viene su carácter: la sensibilidad de quien sirve y la firmeza de quien entiende la tierra.
Fue atleta: velocista. Campeona de 100, 200 y 400 metros planos. Salto largo. Disciplina, ritmo, velocidad. “Yo siempre he corrido así, como los 100 metros”, dice. Y así sigue viviendo: con el corazón adelante y el cuerpo decidido a no frenar.
Estudió Odontología, aunque en su alma siempre vivió una arquitecta. “En lugar de construir edificios terminé construyendo sonrisas”, dice entre risas. Pero esa necesidad íntima de diseñar, ordenar e imaginar espacios la acompañaría siempre: primero en la salud pública del Magdalena, luego en Europa, después en la hotelería, la diplomacia, la gestión cultural y, finalmente, en la construcción de una visión país.
Vivió casi tres décadas fuera de Colombia: España, Alemania, Andalucía, Sevilla. Restauró palacios, creó hoteles boutique, defendió un pabellón indígena en la Expo del 29 que hoy es el único templo prehispánico de Colombia en Europa. Logró que un consulado honorario se convirtiera en consulado general para proteger ese símbolo. Siempre, aun lejos, estuvo anclada a su país.
Por eso su regreso no fue un retorno nostálgico, sino una misión. Volver para poner todo lo aprendido al servicio de Colombia. Volver para que sus hijos conocieran el mar del Rodadero, la libertad de una infancia con sal en la piel y horizonte abierto. Volver, finalmente, para asumir uno de los retos más complejos: presidir ProColombia y salir a contarle al mundo quiénes somos.
No desde el escritorio, sino desde el territorio.
De los palafitos de Nueva Venecia, donde una vez vio a un niño sentado en el piso de madera, sin nada, mirando la puerta como esperando el mundo, hasta los pabellones de Osaka. Del río Magdalena a los foros globales. De los artesanos a los inversionistas. De las ballenas a los páramos; de los arhuacos al cacao, al café, a las orquídeas, a la literatura de Gabo.
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De ahí nace el concepto que hoy identifica al país: Colombia, el País de la Belleza.
No como eslogan vacío, sino como convicción. Belleza en la biodiversidad, sí, pero también en la gente, en el lenguaje, en la manera de saludar, en la ternura cotidiana, en esa forma nuestra de decir “sumercé” y “con mucho gusto”. Una belleza que no es postal, sino carácter.