Treinta y cinco años después de una de las tragedias familiares más mediáticas del siglo XX, los hermanos Lyle y Erik Menéndez podrían quedar en libertad. En 1989 asesinaron a sangre fría a sus padres, José y Kitty Menéndez, en su mansión de Beverly Hills. El crimen conmocionó al país y el juicio que vino después se convirtió en espectáculo: jóvenes, millonarios, vestidos con trajes impecables y acusados de matar por ambición.
Pero ahora, en 2025, el caso ha dado un giro inesperado. Un juez californiano les redujo la condena de cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional a 50 años de prisión, lo que les abre la puerta para solicitar su salida inmediata. Ya cumplieron 35.
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Lo que vuelve a poner el caso sobre la mesa no es solo la sentencia, sino la pregunta que sigue sin respuesta: ¿actuaron por codicia o por desesperación? En el juicio, los Menéndez alegaron años de abuso sexual por parte de su padre. Dijeron que actuaron en defensa propia, que vivían aterrados, que el crimen fue la única vía de escape. La fiscalía, por el contrario, pintó otra escena: hijos ambiciosos que querían quedarse con una herencia de millones de dólares.