El uso de la fuerza entre Estados está limitado. Solo se permite en ejercicio de legítima defensa, ante un ataque inminente, o con autorización internacional. Por ahora, ese escenario no es evidente.
Por eso, cuando se habla de “desatar el infierno” o de atacar infraestructura, no se trata únicamente de presión política. También es una señal que puede cruzar los límites del marco legal internacional.
Hay un punto aún más sensible: los objetivos de una eventual ofensiva.
Centrales eléctricas, puentes e infraestructura clave no son blancos menores. Son estructuras protegidas bajo las reglas de la guerra.
Mientras tanto, el foco público está puesto en el estrecho de Ormuz, por donde pasa cerca del 20 % del petróleo mundial. Sin embargo, el fondo del asunto parece ser otro.