Colombia no está gobernada por un proyecto de Nación, sino por un reinado de odios. Odios históricos, recientes, de izquierda, de derecha, de élites, de pueblo. Odios sembrados, cultivados y premiados.
La condena a Álvaro Uribe ha reactivado todas las pasiones que nos dividen. Pero no es solo él. Este no es el juicio de un expresidente. Es el espejo de un país donde ya no existen los matices, solo las trincheras. El que duda, traiciona. El que pregunta, molesta. El que perdona, pierde. El que grita más, gana.
Nos han enseñado a odiar más que a pensar. A odiar más que a dialogar. Y lo más grave: a desconfiar de la justicia, venga de donde venga.
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Porque mientras a unos se les condena por manipulación de testigos, a otros se les ha perdonado todo en nombre de una paz cada vez más lejana. ¿Dónde están los que hablaban de justicia transicional, reparación y verdad? ¿Dónde están los que firmaron acuerdos y prometieron un nuevo país?
¿En qué rincón se extravió la indignación frente a los delitos más atroces: el reclutamiento de menores, las violaciones sistemáticas, las extorsiones, los secuestros, los asesinatos a sangre fría? ¿En qué agenda política se archivaron los compromisos de reconciliación real?