Henri de Croÿ, miembro de una antigua familia aristocrática europea, terminó en el centro de un proceso de extinción de dominio que llevó a las autoridades colombianas a tomar posesión de cinco hoteles boutique en Cartagena y Barú.
Durante años, el empresario belga construyó una imagen sofisticada alrededor de propiedades exclusivas en una de las ciudades más turísticas del país. Hoteles elegantes, casas coloniales restauradas, turismo premium y una vida rodeada de discreción. Pero, detrás de esa fachada, comenzaron a aparecer sociedades offshore, investigaciones internacionales y cuestionamientos sobre el origen de los recursos que financiaban ese imperio silencioso.
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Más que un caso judicial
Ahí es donde la historia deja de ser un simple caso judicial y se convierte en una radiografía incómoda de Cartagena.
Porque la ciudad amurallada no solo se transformó en un símbolo de lujo y exclusividad. También terminó convertida, muchas veces, en un refugio perfecto para fortunas difíciles de rastrear: capital extranjero, propiedades de alto valor, empresas en paraísos fiscales y operaciones que se mueven lejos de la mirada pública.