La navidad es uno de los meses más importantes y felices del año. Millones de personas, por lo menos donde creen en esta festividad, se reúnen con sus familiares y demás seres queridos para conmemorar el nacimiento de Jesucristo y de paso, para celebrar la salud y el amor tan presentes en estas fechas. En medio de todo ello, la comida juega un papel muy importante al ser un elemento cohesionador capaz de alegrar los paladares y corazones de los comensales, al tiempo que representa para muchos tradiciones infaltables de la navidad.
En Colombia es casi ley, por ejemplo, la presencia de natilla en los hogares desde los primeros días de diciembre, los buñuelos, la apertura a lo grande de las ofertas en la calle para hacerse con un buen pernil de cerdo, unos buenos tamales o un plato de lechona. Finos platillos idiosincráticos que están marcados en el adn de generaciones de colombianos y que incluso muchas veces influyen en la típica frase de “yo lo compro donde lo he comprado toda la vida y donde lo compraban mis padres y abuelos”.
Lo cierto es, que muchos de estos alimentos sencillamente aparecen y desaparecen en función de las festividades navideñas, mientras algunos se mantienen como compañía secundaria durante todo el año esperando su mes protagónico (como los buñuelos, un infaltable en el desayuno de un gran porcentaje de colombianos).
Lejos de ello, parece existir un consenso general en el país sobre ciertas comidas: los buñuelos (ojalá por montones y en bolsa de papel bien impregnada de grasa), un buen plato de lechona, un tamal tolimense, un pernil de cerdo, muchacho o pollo relleno para el fuerte, acompañado de arroz con leche y un buen sorbo de Vino Cariñoso o de sabajón. Festines a los que pocos locales se rehúsan.
Sin embargo, en estas fechas casi siempre revive un debate entre algunos colombianos sobre alimentos capaces de dividir opiniones, bien sea porque modifican la preparación o presentación de alguna comida tradicional o bien porque simplemente no gustan de él o no están de acuerdo en considerarlo como algo propio de Colombia. Esta vez, el que propuso esta conversación en Twitter fue el periodista Daniel Ruge, quien aparentemente no gusta mucho de los buñuelos rellenos y del panetón.
En síntesis, el buñuelo relleno es una variación del buñuelo local que en su gran mayoría está compuesto por una masa base de queso costeño, harina de yuca y fécula de maíz, caracterizado además por ser una auténtica bomba de aceite cuando es preparado por manos inexpertas. No obstante, en el caso de los rellenos, como bien indica su nombre, se les puede añadir queso, bocadillo o arequipe. Una variedad que puede parecerse más a los buñuelos españoles y que, por lo menos en Colombia, no goza de completa aprobación popular.
También por ese lado va el llamado panetón, un elemento de popularidad relativamente reciente en Colombia, que es básicamente un ponqué grande con trozos de fruta, chispas de chocolate, uvas pasas y otras cosas (que varían de acuerdo a la marca y al precio). Sin embargo, no es tan fácil establecer la prioridad de este alimento de origen italiano en la historia de las navidades colombianas, a pesar de que por su precio se ha vuelto un candidato interesante para reemplazar a las galletas en el famoso matrimonio (en el que es acompañado con un vino para ser regalado).