El nuevo presidente de Estados Unidos tendrá un desafío enorme que va más allá de las fronteras de su país: recuperar la solidez de la mayor democracia del continente será fundamental para una región que ha sido tierra de caudillos.
La imagen distópica de un Washington D. C. militarizado y convertido en una ciudad fortaleza custodiada por cerca de 30.000 efectivos de seguridad para proteger la toma de posesión de Joe Biden y Kamala Harris, no de un enemigo extranjero sino de un ataque terrorista interno, ilumina el principal reto que enfrenta el nuevo gobierno de Estados Unidos.
Aunque ya es una extraordinaria prioridad, para Biden ese gran desafío no es controlar la pandemia del coronavirus, que ha costado más de 400.000 vidas, millones de trabajos y sumido a Estados Unidos en la mayor crisis económica desde la Gran Depresión. Donald Trump deja al país más poderoso del mundo roto y bajo la amenaza de convertirse en una distopía nacional populista de extrema derecha. La gran misión Joe Biden es reparar los estragos que el nacional-populismo ha causado en el sistema de gobierno democrático de su país y detener el avance de quienes la representan.
Pero el desafío de impedir que esta distopía y la demagogia personalista de líderes egomaníacos siga erosionando la democracia va más allá de Estados Unidos. En sus variantes más peligrosas, el populismo nacionalista ha venido arraigando en América Latina a través de gobiernos neoautoritarios desde la llegada al poder de Hugo Chávez en 1999 y se encuentra hoy en pleno apogeo en varios países de la región.
Como reportero cubrí el auge del chavismo y como venezolano padecí los estragos de la corrupción omnipresente y el extremismo que derivaron en la destrucción total de la democracia y la sociedad venezolana. Estados Unidos, donde ahora vivo, está por suerte muy lejos de penetrar a ese corazón de las tinieblas, pero las peligrosas grietas sociales que se han visto en otras sociedades afectadas por el populismo nacionalista están ya presentes aquí.
Por eso cuando se trata de proteger la gobernabilidad democrática, la respuesta de que cada nación es soberana ya no es un argumento suficiente, como quedó establecido en la Carta Democrática Interamericana firmada en Lima en 2001. Sin embargo, promover las democracias en América Latina requiere desechar los viejos paradigmas imperiales de Estados Unidos que violaban las normas elementales del derecho internacional y que tantas cicatrices han dejado en nuestras historias. Repetir hoy las amenazas del pasado sería un regalo a los demagogos de turno.
Una nueva era de relaciones entre Estados Unidos y América Latina debería poner la protección de la democracia en el hemisferio al centro de la agenda. Y los latinoamericanos deberían darle la bienvenida, puesto que la fragilidad de la democracia es un riesgo común a todo el hemisferio.
Según Marta Lagos, directora de Latinobarómetro, 2018 fue el “annus horribilis” de la democracia latinoamericana porque marcó el punto más bajo de apoyo desde 1995, cuando empezó a medirse regionalmente. La insatisfacción con la democracia y el populismo nacionalista se alimentan con el mismo combustible: una mezcla de repudio a la corrupción de la clase política y empresarial, estancamiento económico y social, nacionalismo y sentimiento antiinmigrante.
Entre las víctimas más notables del populismo, sea de izquierda o derecha, en América Latina se encuentran Brasil y México, las dos mayores democracias.
En Brasil, el presidente de extrema derecha Jair Bolsonaro, admirador confeso de personajes ominosos de la dictadura militar (1964-1985), ha aupado a milicias y guerreros del teclado a atacar a sus adversarios. Grupos de fanáticos, como 300 de Brasil, que atacaron al Tribunal Supremo de Brasil en junio, son la contraparte sudamericana de organizaciones paramilitares estadounidenses como los Proud Boys, los Oath Keepers y los Three Percenters, que participaron en el asalto al Capitolio. Estos grupos están prestos a movilizarse y engendrar desorden al menor llamado de sus líderes, sea para defender la república de una supuesta conspiración del Partido Demócrata o para hostigar a quienes critican a Bolsonaro por su terrible manejo de la pandemia en Brasil.
En México, Andrés Manuel López Obrador, un presidente de izquierda, suele también explotar el vínculo emocional con sus seguidores para incitarlos contra sus críticos y descalifica a la prensa llamándola “fifi”.