La mayoría de los países perdieron la paciencia hace tiempo. Los aliados consideraban inaceptables, cuando no sencillamente insultantes, los arrebatos erráticos del presidente Donald Trump. Hasta rivales como China y Rusia se sorprendieron ante los bandazos de las políticas volátiles del presidente. Trump declaró en 2016 que Estados Unidos debe ser “más impredecible”. Y lo cumplió.
La repentina manía por el gobernante estalinista norcoreano, Kim Jong-un, la sumisión ante el presidente de Rusia, Vladimir Putin, la obsesión con el “virus chino”, el entusiasmo por la fractura de la Unión Europea y el aparente abandono de los valores democráticos fundamentales de Estados Unidos fueron tan impactantes que casi todos ven la salida de Trump de la Casa Blanca del miércoles con alivio.
A Estados Unidos se le quitó el brillo, los ideales democráticos están desprovistos de fondo. La huella de Trump en el mundo permanecerá. Aunque abundan las denuncias apasionadas, hay un legado del trumpismo que no se desvanecerá con facilidad en algunos círculos.
Mediante su obsesión con “Estados Unidos primero”, incitó a otras naciones a ponerse primero también. No volverán a alinearse con Estados Unidos en el corto plazo. La fractura al interior del país que Trump avivó permanecerá y debilitará la proyección del poder estadounidense.
“Trump es un delincuente, un pirómano político que debería ser enviado a un tribunal penal”, comentó Jean Asselborn, ministro de Relaciones Exteriores de Luxemburgo, en una entrevista de radio. “Es una persona que fue electa democráticamente, pero a la que la democracia no le interesa en lo más mínimo”.
El uso de ese tipo de lenguaje por parte de un aliado europeo para referirse a un presidente estadounidense habría sido impensable antes de que Trump hiciera de la indignación el tema central de su presidencia, junto con el ataque a la verdad. Su negación de un hecho —la derrota en las elecciones de noviembre— fue vista por gobernantes como Angela Merkel, la canciller alemana, como lo que desató el asalto del Capitolio el 6 de enero por parte de los seguidores de Trump.
Una turba frenética en el santuario interno de la democracia estadounidense fue para muchos países como ver a Roma saqueada por los visigodos. Para los observadores extranjeros, Estados Unidos ha caído. Los desatinos imprudentes de Trump, en medio de una pandemia, le heredan a Joe Biden, el presidente entrante, una gran incertidumbre mundial.
“La era posterior a la Guerra Fría ha llegado a su fin tras 30 años y ahora se desarrolla una era más compleja y desafiante: ¡un mundo en peligro!”, dijo Wolfgang Ischinger, presidente de la Conferencia de Seguridad de Múnich.
El talento de Trump para los insultos innecesarios se sintió en todo el mundo. En Mbour, una población costera en Senegal, Rokhaya Dabo, administradora escolar, dijo: “No hablo inglés, pero me sentí ofendida cuando dijo que África era una pocilga”. En Roma, Piera Marini, quien elabora sombreros para su tienda en Via Giulia, dijo que se alegró de saber que Trump se iría: “Tan solo la manera en que trataba a las mujeres era escalofriante”.
“Biden necesita abordar el restablecimiento de la democracia en casa de una manera humilde que les permita a los europeos decir que tenemos problemas similares y que por ello debemos salir de esto juntos”, dijo en una entrevista Nathalie Tocci, una politóloga italiana. “Con Trump, de repente, los europeos nos convertimos en el enemigo”, agregó.
A pesar de ello, hasta el final, el nacionalismo de Trump tuvo seguidores. Oscilaban desde la mayoría de los israelíes, a quienes les gustaba su apoyo incondicional, hasta aspirantes a autócratas de Hungría a Brasil para quienes era el líder carismático de una contrarrevolución contra la democracia liberal.
En otros lugares, el apoyo a Trump era ideológico. Él era el símbolo de una gran sacudida nacionalista y autócrata. Personificaba una revuelta contra las democracias occidentales, consideradas el lugar donde la familia, la Iglesia, la nación y las nociones tradicionales del matrimonio y el género van a morir. Se resistió a la migración masiva, la diversidad y la erosión del dominio del hombre blanco. Esta batalla cultural mundial continuará porque las condiciones de esta erupción —la inseguridad, la desaparición de los empleos, el resentimiento en sociedades en las que crece la desigualdad debido al impacto de la COVID-19— continúan desde Francia hasta Latinoamérica. El fenómeno Trump también continúa. Sus decenas de millones de seguidores no desaparecerán pronto.
“¿Los acontecimientos en el Capitolio fueron la apoteosis y el trágico punto final de los cuatro años de Trump o el acto inaugural de una nueva violencia política estadounidense impulsada por una energía peligrosa?”, preguntó François Delattre, secretario general del Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia. “No lo sabemos y debemos preocuparnos por los países con crisis similares en sus modelos democráticos”.