Por Carlos Salas
Hay un juego visual que no deja de asombrarme cada vez que logro ver luminosamente lo que está oculto en la imagen que se presenta a simple vista. Se trata del estereograma Magic Eye, que se popularizó a comienzos de los años 90 del siglo pasado en afiches con los que se prometía una visión tridimensional si el observador hacía el esfuerzo de conducir cada ojo hacia el centro para conseguir que las dos imágenes se fundieran en una sola percepción.
Cuando se logra obtener la imagen, esta se mantiene, permitiendo ver todos los detalles de lo percibido. Es una experiencia individual, como ocurre con las proyecciones en 3D.
Ahora sí, vamos al tema que me interesa tratar acá.
Hace unos meses planteé la posibilidad de un mundo sin políticos, justo cuando estábamos sufriendo de la más ordinaria politiquería jamás vista en el país, con una izquierda en el poder desbordada en corrupción, que es el peor síntoma de la política cuando se pervierte hasta convertirse en un negociado en el que el dinero de los ciudadanos se convierte en la herramienta con la cual se compran conciencias para mantener un poder que se va carcomiendo hasta devenir en dictadura al haber destruido la institucionalidad.
Durante ese gobierno de vergonzosa recordación, contábamos con una oposición que se limitaba a hacer tímidas denuncias sin llegar a la raíz de los problemas. Las más graves denuncias las hacían medios periodísticos y no la Fiscalía, que se encontraba en las manos sucias del mismo gobierno.
Las propuestas de la derechita cobarde causaban más inquietud que esperanzas sin conquistar al electorado. Si no hubiese aparecido un outsider decidido a cambiar la manera de gobernar, estaríamos ahora en manos de quienes quebraron al país, no quedándoles otra opción que seguir los pasos de un Maduro, un Díaz-Canel y un Ortega, que, habiendo destruido el aparato productivo, manteniendo unas fuerzas militares arrodilladas a sus pies y una delincuencia desbordada traspasando fronteras, se constituyeron en tiranías, con las nefastas consecuencias que conocemos, en parte porque lo peor se mantiene oculto.