El señor Alberto Brunori, representante en Colombia de la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos (ACNUDH), hoy en cabeza de la izquierdista chilena Michelle Bachelet, reveló un informe sobre el estado de los derechos humanos en nuestra patria querida, cargado de imprecisiones, mentiras, manipulaciones y valores
subjetivas, de naturaleza política.
Desde mediados de la década de los 90 de la centuria pasada, cuando el gobierno del narcopresidente Ernesto Samper permitió el ingreso de esa oficina de Derechos Humanos a nuestro país, los representantes de la misma se convirtieron en insoportables dolores de cabeza, porque, en vez de cumplir, a cabalidad sus funciones,
ejercieron como validadores de los sectores más reaccionarios de la extrema izquierda.
Aquellos delegados de la ONU que no se alinearon obedientemente con la izquierda, cayeron en desgracia. Recuerdo vivamente el caso de la española Almudena Mazarrasa, que en principio fue aplaudida a rabiar, cuando elevó críticas contra el paramilitarismo. Ella, quizás, fue la primera persona en cuestionar a las Convivir,
cooperativas creadas por el gobierno de César Gaviria, y puestas en marcha durante el de Samper.
Pero, al recorrer el país y descubrir la real magnitud de la violencia guerrillera, de la brutalidad cometida por las Farc y el ELN, Mazarrasa empezó a hablar duro contra esas organizaciones. ¡Y quién dijo miedo! Se convirtió en el coco. Las organizaciones “defensores de los Derechos Humanos” la cuestionaron y descalificaron, hasta que fue
retirada de su cargo.
Desde entonces, el requisito sine qua non para ocupar ese cargo es el de fungir como un obediente defensor de la agenda mamerta, al margen de la realidad y de la verdad. El de Brunori es un esplendoroso ejemplo de la decadencia del multilateralismo. Sistemas como el de las Naciones Unidas, creados con propósitos superiores de asistir a los Estados en aspectos esenciales, se convirtieron en organizaciones hiperburocratizadas, llenas de funcionarios dedicados a la lagartería internacional.
El multilateralismo agoniza desde hace mucho tiempo y, en lo personal, creo que Colombia debe dejar de ver a esos organismos con respeto reverencial, cuando en realidad se trata de estructuras politizadas que, sin mandato alguno, intervienen en los asuntos internos de nuestro Estado.
Esta no es la primera vez que Brunori agrede a nuestro país. A comienzos del año pasado, el embajador ante las Naciones Unidas, Guillermo Fernández de Soto, se vio en la obligación de confrontarlo, luego que de aquel -Brunori- presionara indebidamente al presidente Duque para que sancionara, sin objeciones, a la nauseabunda ley
estatutaria de la JEP.