Con motivo de la invasión de Ucrania por parte de Rusia y de la consiguiente guerra que desató este hecho, esta semana hemos conocido dos astracanadas de la política colombiana en las cuales merece detenerse, así sea brevemente. Por una parte, el discurso que la canciller y vicepresidente, Marta Lucía Ramírez, ha hecho en Naciones Unidas, ofreciendo las “capacidades de mediación y negociación” de Colombia para “solucionar las diferencias entre Ucrania y Rusia”.
La vicepresidente-canciller llama “diferencias” al atropello que una nación poderosa lleva a cabo contra un país vecino, en el acto más grave que el mundo ha vivido desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Esto me recuerda el lenguaje melindroso de algunos noticieros colombianos que suelen hablar de “inconvenientes” o “incidentes” a hechos de sangre en los que resulta muerta una o varias personas.
Además, parece un chiste cruel el hecho de que un gobierno como el colombiano, que asumió el poder amenazando “hacer trizas” el proceso de paz firmado entre el Estado y la guerrilla de las Farc, se ofrezca como mediador de un conflicto que podría llevar a la humanidad a una tercera guerra mundial. Que un gobierno que no es capaz de poner coto a la sangría que vive el país con la desaparición sistemática de líderes sociales; que se muestra negligente cuando no cómplice de esta aberración, pose ahora ante la comunidad internacional de mediador y líder de la convivencia en el mundo es casi una broma de mal gusto.
La otra gran bufonada en suelo patrio con respecto a la agresión rusa sobre el pueblo ucraniano, corrió por cuenta del candidato presidencial Gustavo Petro, cuando le preguntaron sobre un hecho que era objeto de atención mundial. “¡Qué Ucrania, ni qué ocho cuartos! Tenemos que dedicarnos es aquí a Colombia, cómo nos salvamos a nosotros mismos”.
Estuve cavilando un buen rato sobre las razones que tiene el candidato del Pacto Histórico para pedirnos que no le prestemos atención a la barbaridad que está perpetrando Vladimir Putin y a uno, que es muy mal pensado, se le ocurre que es por la simpatía que le despierta a Petro el siniestro dictador ruso. Cabe también la posibilidad de que la campaña presidencial, que debe absorber toda la atención de don Gustavo, no le deja un resquicio de tiempo para enterarse del asunto.