Cuando regresó a casa repitió el ritual: se persignó, dio gracias mirando al techo y guardó las balas con las que había perpetrado el crimen, las mismas que había bañado en agua bendita para que no fallaran y dieran en el blanco. Al otro lado de la ciudad la ceremonia fue similar.
Antes de ir a trabajar el hombre que vestía un impecable traje negro, corbata y zapatos relucientes como el sol; se persignó, miró al cielo, se encomendó a la virgen, a los santos a dios y salió a laborar. Al regresar a casa repitió el rito, dio gracias por el día que terminó y la noche que llegaba. Estas dos situaciones evidencian una realidad que se ha tratado de explicar desde la sociología, la religión, el arte, la literatura e incluso el cine: los criminales también rezan. Y las deidades que ‘escuchan’ sus plegarias son las mismas a las que usted tal vez se está encomendando en esta Semana Santa.
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Expertos han explicado que pese a que las oraciones se elevan a la misma figura icónica, las peticiones de los criminales en realidad tienen su origen en una ramificación de la religión. Se trata de la denominada religiosidad popular que en plata blanca es la religión del pueblo, la religión del pobre, una especie de religión que nació como oposición a la religiosidad oficial, que en últimas es la de las élites, los intelectuales, la jerarquía eclesiástica o simplemente la religión de la clase media.
En este contexto nacen los santos de los criminales. Santos, vírgenes y dioses a los que se les pide ayuda para robar, matar, extorsionar o ‘coronar’ el envío cargamento de droga. En diálogo con Kienyke.com con el sociólogo y antropólogo, Fabián Sanabria, director del Instituto Colombiano de Antropología e Historia explicó que en esta forma de ver la religión “Dios o la Virgen funcionan como un sustituto fetichista para que el criminal no falle en su prueba asesina, pues está probando que es capaz de matar. Para esa persona, el hecho de matar no tiene toda la relevancia que tendría para una persona normal”.
Oración al Santo Juez
“Si ojos tienen, que no me vean. Si manos tienen, que no me agarren. Si pies tienen, que no me alcancen. No permitas que me sorprendan por la espalda. No permitas que mi muerte sea violenta. No permitas que mi sangre se derrame. Tú que todo lo conoces, sabes mis pecados pero también sabes de mi fe. No me desampares. Amén”. Luego de esta oración ella salía a matar, tan hermosa como violenta y certera con el gatillo pedía al Santo Juez todo lo que allí se lee.
Ella, Rosario Tijeras, la sicaria más famosa de la literatura –inmortalizada por el escritor colombiano Jorge Franco – pedía de esta forma ayuda divina para asesinar. La actriz María Fernanda Yépez hizo el papel de Rosario Tijeras en la serie de 60 capítulos que transmitió RCN Televisión. Además, con un extraño rito en el que sumergía en agua bendita hirviendo las balas con las que iba a cometer el crimen, Rosario se convirtió en un mito, en una celebridad, en una mujer odiada pero sobre todo amada.
María Auxiliadora – ‘La virgen de los sicarios’
Los escapularios con la figura de esta advocación de la Virgen María eran utilizados en los años noventa por los sicarios que convirtieron a Medellín en una de las ciudades más peligrosas del país. Criminales recurrieron a su presencia en busca de protección, refugio de sus sentimientos y abandono del dolor. María Auxiliadora - llamada así por Juan Crisóstomo, en Constantinopla en al año 345, por ser auxilio potentísimo de Dios – era llevada como escapulario en el cuello, las manos y los pies, un símbolo inquebrantable de protección.
Sus milagros se cristalizaron a tal punto, que Fernando Vallejo escribió la novela La virgen de los Sicarios, una obra que abordó la problemática social que se vivió en Medellín en los noventa. La devoción de los sicarios de uno y otro bando por esa virgen, hizo - al menos para los sus devotos – que la violencia fuera menos sanguinaria.