El 26 de mayo de 2018, los Andueza partieron por carretera de Caracas hacia la frontera con Colombia. No tenían pasaportes. “Tuvimos que pagar para poder pasar”, dice Yetzaí Alexandra Andueza Monsalve, menor de las hermanas Andueza. Ya en Cúcuta, el 28, intermediarios colombianos y venezolanos les esquilmaron el poco dinero que traían y algunas pertenencias. “Todo se gastó y mi mamá, mi hijo y yo, no teníamos pasajes para podernos venir a Bogotá”, dice.
Emprendieron viaje 15 personas de la familia, desesperadas por la situación de su país, en la época en que no había víveres en los supermercados. “Ya en los últimos meses la crisis se puso dura. No nos alcanzaba para comer todos, solo mi abuela y mi hijo. A veces cenábamos con un vaso de agua. Al otro día llegaba mi papá con recortes de pollo y comíamos. Muy poca arepa, porque no había harina”, recuerda Yetzaí. Como el maíz era caro, aprendieron a hacer arepas de arroz, de ahuyama y de papa o “de lo que fuera, para tener algo que comer”.
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Vivían en Los Teques, capital del Estado Miranda, en el llamado Gran Caracas. Tenían casa de tres cuartos espaciosos, sala, comedor amplio, cocina grande “y porche”, dotada con electrodomésticos que debieron vender para reunir lo de los pasajes. Acá viven en dos pisos de una misma casa, en dos cuartos pequeños cada grupo familiar, sin sala y con el comedor en la pequeña cocina.
Óscar, el padre, de 62 años, y Yerli, hermana de Yetzaí, de 34, concurren de domingo a domingo a la avenida Jiménez con 8.a, donde estuvo, por décadas, la estatua de Gonzalo Jiménez de Quesada, en el centro de Bogotá, delante de la desaparecida librería Buchholz y el Banco Agrario.
Arman sus ventas callejeras de libros usados sobre una lámina de triplex envejecida por la intemperie, que apoyan en canastillas, y ahí trabajan, hasta las cuatro o cinco de la tarde, dependiendo de las ventas. Si llueve, si hay marchas que espantan a los peatones, si es diciembre y nadie gasta un peso en libros o los clientes se fueron de vacaciones, a las tres de la tarde vuelven a casa, hasta Juan Pablo II, un barrio de Ciudad Bolívar, en el tope de una montaña empinadísima. Es la estación final de TransmiCable.
“Mi papá era carnicero. Yo trabajaba en un taller de mecánica, mi hermana era gerente en una tienda donde los jefes eran colombianos. Mi mamá (Doris, 66 años) cuidaba niños con mi abuela (Ana Monsalve, de 82 años), una docente jubilada”, cuenta Yetzaí.
Ana estudió en Ocaña, en la época en que algunos venezolanos, como el ya fallecido expresidente Carlos Andrés Pérez, se educaban en Colombia. Son dos familias unidas. Yetzaí tiene un hijo, Steven, de 11, que acaba de iniciar sexto grado. Yerli y Jimy Quiaro, su marido, tienen una niña de 4, Nazaret, y dos hijos de un matrimonio anterior de él: Génesis, de 22, y Daniel, de 15. En diciembre, Génesis tuvo un bebé, colombiano, con el que totalizan 11 personas.
Escogieron Colombia porque tenían contacto con unas primas, que les contaron que vendían libros y relojes en la calle. “Algo se hace”, les dijeron. “Y decidí que nos viniéramos los diez. Llegamos el 28 de mayo y el 29 empecé a trabajar. Ese día había operativo de registro temporal para venezolanos. Yo no lo tuve, ni mi mamá ni mi hijo, porque ese día empecé a trabajar. Si iba a tramitar el permiso no tenía trabajo”, relata.
Una prima fue con una amiga colombiana a la Terminal por ellos. Se necesitaron cuatro taxis por la cantidad de equipaje que traían los 15. La amiga de la prima les regaló 100 mil pesos para pagarlos. La prima los recibió donde vivía, pero a la dueña no le gustaban los venezolanos. “No podíamos hacer bulla ni cocinar –rememora–. Tenía que llegar callada, hasta cuando ella se enteró de que estábamos ahí y tuvimos que irnos. En una semana, con lo que fui ganando, nos cambiamos a otra casa y allí duramos dos años”.