Cada tanto, entre charlas familiares o susurros de vecindario, alguien suelta una frase que despierta miradas curiosas y sonrisas de medio lado: “Dicen que nacer un Viernes Santo es de mala suerte”. Lo dicen como quien cuenta un secreto heredado, como si llevar ese día en el acta de nacimiento fuera una marca sagrada o un augurio inquietante.
Pero ¿de dónde nace esta creencia? ¿Por qué el día que simboliza el sacrificio y la muerte de Cristo en el calendario cristiano genera tanto misterio cuando coincide con un nacimiento?
La paradoja del nacimiento en un día de muerte
El Viernes Santo es uno de los días más solemnes del cristianismo. Se conmemora la crucifixión de Jesucristo, un acto de profundo dolor, silencio y recogimiento. Es un día que tradicionalmente invita a la reflexión y el duelo espiritual. Las iglesias apagan sus luces, se cubren los santos, y los creyentes guardan ayuno, silencio y muchas veces hasta lágrimas.
En contraste, el nacimiento representa lo opuesto: la llegada de una nueva vida, el primer aliento, el grito que anuncia que algo comienza. Nacer un Viernes Santo, entonces, parecería una contradicción simbólica. Y ahí, quizá, radica el origen del mito.
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Entre mitos y creencias populares
En algunas regiones de América Latina y España, se ha dicho que las personas nacidas un Viernes Santo “cargan una cruz”, que su vida estará llena de pruebas o que tendrán una conexión especial con lo espiritual. En otros lugares, el mito da un giro más oscuro: se dice que esos niños “vienen marcados” o que deben ser bautizados rápidamente, como si el mismo día los pusiera en riesgo ante fuerzas divinas o sobrenaturales.