Ana Marina Casas sostenía las llaves entre sus manos mientras intentaba contener las lágrimas.
A su alrededor había vecinos, familiares, líderes comunitarios y autoridades que observaban en silencio un momento que durante un año pareció inalcanzable. Frente a ella estaba la casa que el terremoto le arrebató el 8 de junio de 2025 y que ahora volvía a recuperar, no exactamente igual, pero sí con el mismo significado: un lugar para comenzar de nuevo.
Esta vez las lágrimas no eran de miedo. Eran de felicidad.
"Estas lágrimas de hoy son de felicidad. Recordar lo que pasó duele, pero hoy esta casita me devuelve la vida. Estoy agradecida con Dios y la Virgen. Mientras que Dios nos dé vida, hay esperanza. Yo soy la prueba", dijo Ana Marina mientras recorría por primera vez la vivienda que recibió en el centro poblado de Santa Cecilia, en Paratebueno.
Su historia es la de miles de habitantes de Medina y Paratebueno que vieron cómo la tierra cambió sus vidas en cuestión de segundos. Aquella mañana del 8 de junio de 2025, a las 8:08 a.m., un sismo de magnitud 6,5 sacudió el oriente de Cundinamarca. Durante las siguientes tres horas se registraron 138 réplicas que mantuvieron en alerta a toda la región.
El balance fue devastador: más de 4.400 damnificados, 610 viviendas destruidas o inhabitables y 44 sedes educativas afectadas. Sin embargo, en medio de la tragedia hubo una noticia que marcó la diferencia: no se registraron pérdidas humanas.
Aun así, cientos de familias tuvieron que abandonar sus hogares y comenzar una larga espera marcada por la incertidumbre. Ana Marina fue una de ellas.
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Como muchos habitantes de Santa Cecilia, vio cómo la vivienda que durante años protegió a su familia dejó de ser segura para habitar. Desde entonces llegaron los censos, las visitas técnicas, los diagnósticos estructurales y las reuniones comunitarias. También llegaron las preguntas inevitables: cuándo volverían a tener una casa y cuándo podrían recuperar la tranquilidad perdida.
La respuesta comenzó a materializarse este jueves.
En medio de aplausos y sonrisas, el gobernador de Cundinamarca, Jorge Emilio Rey, le entregó personalmente las llaves de su nueva vivienda. Antes de que la familia cruzara la puerta por primera vez, un sacerdote bendijo el hogar con agua bendita y elevó una oración por las familias afectadas por el terremoto y por quienes aún esperan la entrega de sus casas.
La escena conmovió a los asistentes. Ana Marina observaba cada rincón de su nuevo hogar mientras abrazaba a sus familiares. Para ella no era únicamente una vivienda. Era la posibilidad de recuperar una vida que había quedado suspendida desde el día de la emergencia.
Su nieta, Lizeth Amaya, no ocultó la emoción."Estamos muy felices porque la abuela ya tiene su casa. Recordar ese día es triste e impactante porque sentimos mucho miedo", relató.
Luego explicó por qué la entrega significa mucho más que una solución habitacional. "Mi abuela está muy feliz porque volvió a tener su casita. Ya tiene su propio espacio como le gusta y volverá a tener su negocio de empanadas. Va a volver a ser la misma".