Cuando el alma hace balance
Hay momentos en los que escribir no es un gesto intelectual, sino un acto de honestidad interior. Cuando el año se va, escribir se convierte en una forma de detenerse, de mirar sin prisa lo vivido y de escuchar lo que el alma fue comprendiendo mientras la vida —con su mezcla de belleza y exigencia— hacía su trabajo de maestra.
No escribo para hacer balances perfectos, sino para decirme la verdad. Para nombrar lo esencial y sentirme libre.
Este año se despide dejándome nostalgia, sí, pero sobre todo claridad. Comprendí que no todo aprendizaje llega envuelto en logros visibles. Muchos llegan como pausas necesarias, como desvíos que primero desconciertan y después revelan sentido. Escribirlo es mi manera de honrar ese proceso y de compartirlo con ustedes, lectores de la sección Konciencia de KienyKe, quienes también han atravesado momentos difíciles, intensos un y profundamente humanos.
Soltar no fue un gesto heroico ni una consigna espiritual repetida sin sentir. Fue una necesidad vital. Dejar ir personas, expectativas, proyectos e incluso versiones de mí que ya no podían sostenerse. Entendí que aferrarse no siempre es amar; muchas veces es temer. El desapego no vacía: ordena. Y cuando el interior se ordena, la vida empieza a respirarse de otra manera.
En ese proceso apareció una distinción clara entre el amor sincero y el amor fingido. El primero cuida, incluso cuando no se queda sigue en sintonía. El segundo promete mucho, pero acompaña poco. Varias ilusiones se disiparon como humo. Durante un tiempo las viví como fracasos; hoy las reconozco como señales de sentido. No todo lo que deseamos nos conviene. No todo lo que no se frustró es una pérdida.
Este año fue también un diálogo profundo con el ego y el orgullo. Con esa necesidad de demostrar fortaleza incluso cuando el cuerpo y el alma pedían pausa. Descubrí que el ego promete control, pero no ofrece paz. Y que rendirse, cuando se hace con humildad y con conciencia, no es perder, sino empezar a sanar.
La fragilidad apareció sin pedir permiso. El dolor físico, la impotencia frente a lo que no se puede cambiar, el límite impuesto por la enfermedad. Y en medio de ese límite, una verdad esencial: solos no podemos nacerlo todo.
Reconocerlo no me debilitó; me fortaleció. Fue ahí donde ocurrió algo profundamente transformador: al abandonarme en Dios, ocurrió el milagro de la recuperación. No como magia instantánea, sino como resultado de un proceso amoroso y real.
Agradezco profundamente las manos amorosas de quienes me acompañaron en este viaje: manos que sostuvieron, que cuidaron, que ofrecieron presencia cuando el ánimo flaqueaba y el cuerpo pedía tregua. En esos gestos simples entendí algo que no se olvida: el dolor nos iguala a todos, y el amor nos restaura.
El amor, cuando es verdadero, no permite el rencor por el contrario pasa la página con la alegría de no guardar secretos devolviéndonos la dignidad y la paz a nuestro corazón.