La meditación es una antigua práctica, cuyo origen se remonta a las tradiciones de la India y se extiende hacia el budismo tibetano y los templos de Shaolin, en donde se han gestado algunas de las reglas y técnicas de este aprendizaje.
Sin duda, estos ejercicios son motivados por un don maravilloso que posee el ser humano para su protección y desarrollo integral, pues la meditación repotencializa las autopistas neurológicas y fortifica los procesos físicos, emocionales, mentales y espirituales.
La meditación es una función interior del alma, de modo que todos podemos meditar sin pertenecer específicamente a alguna religión.
Incluso, en la vieja Europa los médicos de esa época recomendaban a sus pacientes desequilibrados del sistema nervioso que aprendieran a meditar. Consejos que han perdurado a lo largo del tiempo.
Precisamente, en este siglo XXI se está utilizando la meditación como una solución muy importante al momento de controlar el estrés, la inseguridad, el miedo y el vacío existencial que caracterizan estos tiempos modernos afectados por la pandemia del COVID-19.
A simple vista parece difícil meditar, pero como todo lo grande es en realidad demasiado sencillo. La meditación dinámica que practico desde hace muchos años me fue transmitida por el maestro hindú Kirpal Singh y complementada con las enseñanzas de S.S. Dalai Lama.
Esta consiste en mantenerse en una vibración positiva de amor y compasión con uno mismo y con los demás, aprendiendo a vivir el momento presente y dejando pasar por algunos minutos todos los pensamientos que mi mente quiera proyectarme, simplemente observándolos sin juicios como si fuera el espectador de mi propia película.
En principio, se puede sentir una sensación de extrañeza pues casi todo el tiempo estamos condicionados por los recuerdos del pasado y las expectativas del futuro, sin vivir en el aquí y en el ahora.
Además, tratamos de controlar los pensamientos y comportamientos que, al dejarlos fluir con libertad, nos damos cuenta de que muchos de ellos antes nos producían miedo, angustia e inseguridad y, poco a poco van perdiendo su poder e influencia negativa en nuestra vida. Es importante recordar, que con la meditación obtenemos una nueva forma de percibir el mundo desde una conciencia plena.
Durante el ejercicio tomo conciencia de mi respiración. Inhalo y exhalo lenta y profundamente, sintiendo como el aire purifica mis pulmones y el oxígeno llega a mi cerebro, calmándolo y llenándome de energía, vivificando cada célula de mi cuerpo.
Al exhalar, imagino que todas las tensiones, preocupaciones y desarmonías salen de mí. Inhalo de nuevo y me siento lleno de paz, serenidad, confianza y bienestar.
Cuando logro relajarme, proyecto una luz suave encima de mi cabeza de colores sutiles como el azul, el amarillo o el magenta. Siento como esta vibración sanadora recorre amorosamente mi piel junto con mi cara, cuello, hombros, pecho y espalda, llegando hasta el estómago, caderas, piernas, pantorrillas y pies.
De esta manera, desbloqueo emociones dolorosas que se han ido acumulando durante mucho tiempo en algunas zonas de mis órganos internos y externos.
Las frecuencias relajantes del color elegido me hacen experimentar una nueva sensación de alivio, libertad y sanidad integral, por lo que agradezco al universo el regalo de la vida, concientizándome desde mi nueva actitud que tengo el derecho natural de estar y sentirme bien, pleno y feliz.
Después, visualizo en mi mente un cielo azul totalmente despejado por donde pasan algunas nubes grises, blancas y de otros colores. Sin prisa, pero sin pausa, se van alejando de mi cabeza.
Dejo que todo ocurra sin forzarlo y entonces imagino la punta de una montaña, con un paisaje de pinos, árboles y vegetación de color verde natural.
Concentrándome en la cúspide, proyecto mi energía en ese punto y “siento” que floto en posición de loto (con las piernas cruzadas y las manos sobre los muslos), mientras mi cuerpo se balancea suavemente de izquierda a derecha de forma agradable y natural.