Vivir sin traicionarse en tiempos inciertos.
Hoy no vengo a decir verdades,
vengo a decir lo que queda
cuando todo se ha aquietado.
La vida no es promesa,
es un tránsito silencioso
donde uno aprende, tarde o temprano,
a mirarse sin ruido.
Y yo…
muchas veces no supe hacerlo.
Viví hacia afuera.
Sostuve, busqué, insistí.
Amé…
o al menos creí que lo hacía,
porque a veces amar
era no quedarme conmigo,
era llenar el espacio
donde no sabía estar.
Y en ese movimiento constante,
sin darme cuenta,
me fui dejando.
Hay una forma lenta de perderse
que no duele de golpe.
Sucede en decisiones pequeñas,
en silencios evitados,
en momentos donde uno sabe
que algo no es verdadero…
y aun así se queda.
Hoy me detengo.
No por cansancio,
sino por claridad.
Y me miro,
sin juicio…
pero sin mentiras.
Me pregunto,
con una calma que antes no tenía:
¿esto que he vivido
ha sido mío…
o ha sido una forma de no enfrentarme?
Sí…
quise sentir,
quise compartir,
quise no estar solo.
Pero, ahora entiendo
que no todo lo que acompaña…
sostiene.
Y que no todo lo que alivia…
es verdad.