Hace cinco años, el mundo enfrentó una crisis sin precedentes. La pandemia de la COVID-19, no sólo puso a prueba los sistemas de salud y la economía global, sino también, nuestras emociones, relaciones y formas de vida. Más allá del miedo y la incertidumbre, esta experiencia nos dejó profundas lecciones interiores sobre la resiliencia, la conexión humana y el valor de lo esencial.
En aquel momento, escribí “Las lecciones interiores del coronavirus”, un artículo publicado en la sección “Konciencia” de Kienyke.com (junio/21/2020) que exploraba el impacto de la pandemia en nuestra vida interior. Hoy, al recordar aquella difícil e inimaginable época, es oportuno revisitar esas reflexiones y preguntarnos: ¿qué hemos aprendido realmente?
Las lecciones interiores del coronavirus
Desde hace más de tres meses, los colombianos nos hemos visto enfrentados a una situación de emergencia sanitaria jamás imaginada como consecuencia de la COVID – 19. La sociedad en la que antes vivíamos se está diluyendo y por fortuna, nos estamos dando cuenta de que muchas de las prioridades que creíamos eran elegidas por nosotros o impuestas por la “Matrix” del consumo, ahora están siendo cuestionadas y reevaluadas. Entre ellas el estatus social, el confort, los lujos, las altas metas económicas, el poder social y el espejismo de aliviar la insoportable ansiedad de la existencia diaria a través de las tarjetas de crédito, que de forma desbordada nos impulsaban a comprar para “sentirnos bien” con nosotros mismos.
Así resistimos a los duros efectos de este “shock” intentando construir otra “rápida” opción de sobrevivencia que nos convierte en consumidores de tendencias instantáneas hacia la autoayuda, el bienestar emocional y la espiritualidad. Sin embargo, continuamos cometiendo el antiguo error de seguir buscando afuera las soluciones a los problemas para evadir el proceso de conocernos a nosotros mismos, lo cual nos llevaría a entender esos impulsos inconscientes por entregar nuestro tiempo, felicidad, afecto y calidad de vida a los innumerables y casi siempre inútiles distractores del mundo.
En realidad, ninguna solución por mágica que parezca nos podría ayudar en este difícil momento, en donde necesitamos crecer hacia una madurez emocional y espiritual que nos permita darle prioridad al valor y al respeto por la vida para aumentar nuestra capacidad de apoyo, solidaridad y servicio a los demás.
Actualmente, en la “nueva normalidad”, debemos adaptarnos a trabajar y producir recursos económicos de una manera diferente, ahorrando y planificando con mucho cuidado cualquier gasto innecesario. Para lograrlo, es preciso reinventarnos hacia una cotidianidad más sencilla y menos compleja, pues el tiempo que conocíamos y que de alguna manera nos mantenía esclavizados en un reino de producción y consumo, se “detuvo” de forma misteriosa con el fin de evitar una tragedia peor de la que estamos viviendo y así poder despertar nuestra conciencia hacia otro entorno mucho más beneficioso.
Este brusco, pero necesario cambio de hábitos nos está ayudando a mejorar la calidad de vida al ejercitar los valores de la paciencia, la compasión y la tolerancia con el propósito de convivir con nuestra pareja, hijos y familiares durante 24 horas, buscando formas creativas para pasar las horas leyendo, escuchando música, escribiendo, cocinando y adquiriendo nuevas habilidades a través de cursos y tutoriales virtuales.
Otro reto para nuestra mente perfeccionista es el de vivir en la incertidumbre de no saber cuándo pasará esta pandemia, debido a que nos genera mucha ansiedad y angustia, al ver y escuchar tantas noticias desesperanzadoras del número de infectados y fallecidos en nuestro país y en el mundo. Ante este panorama de gran frustración, uno de los caminos es reconocer que debemos aprender a responsabilizarnos principalmente de nuestra salud física y mental para convivir con las emociones que se pueden desbordar por momentos, pero también se pueden controlar al asumir sobriamente esta inesperada situación planetaria.
Nuevas reflexiones sobre la COVID - 19
El resultado de aceptar nuestra fragilidad humana al no poder controlar esta emergencia de salubridad que nos tiene sumidos en el miedo ante la posibilidad de experimentar la enfermedad, el dolor y la muerte, es el de iniciar desde la humildad nuestro viaje interior para renacer hacia una conciencia colectiva con el fin de debilitar el egoísmo social en que vivíamos y el cual distorsionaba el valor de la solidaridad humana.