En medio del caos y la incertidumbre que acompañan las jornadas de protesta en Colombia, las noticias sobre desmanes, vandalismo y destrucción, aparecen heroínas que, sin uniforme o cargo público, encarnan la esencia del valor civil, de esa identidad femenina que representa la solidez de nuestra sociedad. Este es el caso de Yaneth Franco, una humilde vendedora de empanadas, arepas y chorizos en el barrio Verbenal, al norte de Bogotá, que se atrevió a dar el primer paso, armada de su voz, y se enfrentó a un grupo de “niños del barrio” como ella misma los identificó, a pesar de aparecer encapuchados, que pretendían bloquear la calle y cerrar el comercio de la cuadra.
El 28 y 29 de mayo, mientras algunos ejercían su derecho democrático, pacífico y legítimo a la protesta, otros optaron por la violencia: bloquearon vías, incendiaron, atacaron los CAI y amenazaron la tranquilidad de comerciantes y vecinos. Fue entonces cuando Yaneth, sin más escudo que su delantal y su sentido de lo justo, se plantó frente a los vándalos y les gritó: “¡No vamos a permitir que traigan violencia al barrio! ¡Esto es vandalismo!”. Su voz, firme y decidida, no solo defendía su puesto de trabajo, la comida que con tanto esfuerzo había preparado, sino también el derecho de toda una comunidad a vivir en paz y a trabajar honradamente.
El acto de coraje de Yaneth no fue un impulso aislado. Madre y formadora de sus hijos, entendió que su deber ciudadano iba más allá de proteger su negocio: se trataba de reclamar por quienes callan por miedo, egoísmo, indiferencia o complicidad, de decir “basta” a quienes instrumentalizan la protesta para producir caos y destruir. Su ejemplo nos recuerda que la sociedad civil no es un actor pasivo, es una institución democrática y un pilar en la defensa del orden, la legalidad y la convivencia.