Se veía venir, ¿cómo no? Tanta toreadora hasta que se vino la embestida. Ésa es la primera y rápida interpretación de los hechos recientes. Con Trump, las cosas se resumen en unas pocas palabras escritas en su red social anunciando acciones; eso basta y sobra para poner a temblar a tanto malandrín que pulula por el mundo entero —para desgracia, especialmente, de los de por acá— cuando se ha tolerado e incluso promovido el maldito negocio de la coca por parte de los gobiernos, de la justicia, de los militares y de la sociedad en general.
Nadie, hasta Trump, se había atrevido a enfrentar semejante monstruo de mil cabezas de una manera decidida, cambiando toda la estrategia desgastante de una lucha contra las drogas tan mal enfocada que pareciera intencional, con tan pobres resultados reflejados con claridad en las cifras; y cuando la contraparte se ha visto favorecida con utilidades multimillonarias y un crecimiento de la oferta exorbitante, llegando a cerca de cuatro mil toneladas métricas de un polvo blanco que se ha convertido en un arma letal tan peligrosa como los misiles.
Imaginen un bloque compacto de 15 × 15 × 15 m de cocaína de alta pureza que luego será rebajada, aumentando su volumen; la que desde niños hasta viejos van a aspirar por la nariz, a inyectarse o a mezclar con fentanilo, o con cualquier basura, convirtiéndola en crack o bazuco para gloria de toda clase de criminales: desde los de cuello blanco —banqueros y empresarios que se prestan al lavado—, contrabandistas, políticos, jueces, hasta el jíbaro en una olla, pasando por los que la transportan en sofisticadas lanchas, aviones, drones, submarinos y la pobre mula que se la introduce en su cuerpo, arriesgando su vida y su libertad por unos cuantos miles de dólares. Y quienes la consumen no arriesgan menos sus vidas —ya sea porque la destruye junto con la de sus familias, o porque terminan robando, asaltando, golpeando o asesinando a otros para poder comprar el diabólico producto.
Ya en México se ha venido descubriendo el entramado entre la política y los cárteles, en el que distintos presidentes fueron facilitadores y cómplices, desde luego, sin importarles el daño tan grande a su pueblo y a su vecino del norte. Por acá las cosas no han sido tan diferentes. Con Petro se ha llegado al paroxismo total, en el que nada importa, ni siquiera las apariencias. Si echamos una mirada atrás, podemos ver que en el tiempo en que coincidieron la presidencia de Trump con la de Duque, los reproches fueron constantes por los pésimos resultados y el dramático crecimiento de la producción de cocaína. Con su bailadito de perro, el señor Duque fue dilatando la cosa hasta terminar su mandato salvándose por un pelo y dejándole a Petro un negocio fortalecido con la consolidación del narcotráfico dentro de la estructura global del crimen transnacional. Con Santos, ni hablar: tan cómplice como Petro con el narcoterrorismo, pero con premio Nobel, para vergüenza de los noruegos.