Joseph Goebbels, el ministro de la propaganda nazi, postulaba que mientras más grande sea una mentira, más gente la creerá. También se le asocia con aquella frase de que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad. Los dictadores son conscientes del estorbo que supone la verdad, por eso prefieren fabricarla ellos mismos y tanto el relato como la propaganda son esenciales, pues de acuerdo con los principios del propagandista nazi estaba la simplificación de los problemas, encontrar un enemigo único, monopolizar el mensaje y los medios de comunicación, así como hacer un culto al líder y crear un Estado de miedo.
Al momento de escribir esta columna han pasado catorce días sin que los venezolanos puedan trinar por X (mejor llamada Twitter) por cuenta del bloqueo que anunció Nicolás Maduro, en un desesperado deseo por silenciar al pueblo frente al mundo, buscando esconder bajo el tapete lo que está pintado en las paredes: que Edmundo González es el presidente electo de Venezuela.
Para darle “legitimidad” a su ejercicio dictatorial de restricción a la opinión, Maduro -a quien probablemente le resumieron la obra de Goebbels- debía fabricar una “realidad” que le permitiera tomar una decisión que “protegiera” al pueblo, y qué mejor que a través de un excéntrico multimillonario norteamericano. David había encontrado a su Goliat.
Mientras millones de venezolanos marchaban por el país cobrando lo que merecen, esto es, un reconocimiento sobre el triunfo de González en las elecciones, en el Palacio de Miraflores corrían órdenes de perseguir a líderes opositores, desaparecer personas, detener a quienes se expresaran por redes sociales, asesinar manifestantes, negar el clamor de un pueblo que eligió reemplazar a un dictador por un demócrata en la presidencia, entre muchas otras arbitrariedades, al tiempo que comenzaban a elaborar el
relato propagandístico con el que buscarían manipular a la opinión pública, especialmente a aquella que no entiende muy bien lo ocurrido, pero también a los que podrían convertirse en cómplices mediante el silencio. Una de las cabezas de ese relato es Elon Musk, y detrás de él y sus continuos trinos burleteros y pendencieros, la oportunidad de oro para acallar al pueblo.
Con excitación y la dificultad en la pronunciación que le supone el inglés, Maduro sentenció que Musk había violado todas las leyes de Venezuela incitando al fascismo, al odio y a la guerra civil, y que por eso decidía bloquear la red social en el país por diez días. Luego esperó por los aplausos, como dicta el manual de oratoria autoritaria, aunque estos fueron más bien pocos y apagados, algo que seguro lo inquietó.