Misiles cayendo como bengalas sobre cada campamento narcotraficante, sobre los depositos de drogas, sobre las lanchas y submarinos, sobre las pistas de donde despegan los aviones con toneladas de cocaina. Misiles cuyo blanco son los cabecillas del Cartel de los soles, del Tren de Aragua, de las FARC y del ELN. Con tan solo dejar volar la imaginación me llegan visiones como esas que parecieran sacadas de Apocalypse Now, especialmente si acabo de escuchar algunas de las decenas de emisiones por YouTube dedicadas a la muy ranqueada situación actual de Venezuela.
Esas visiones son inevitables como otras que se nos aparecen cuando dejamos volar nuestra imaginación sin ponerle limites. Algunas nos perturban porque escapan de nuestro horizonte moral. Las hay que nos avergüenzan íntimamente, esas que no nos atrevemos a revelar ni a nuestros más allegados confidentes. Pero también nos permitimos visualizar el asesinato de alguien despreciable que, por bien merecido que lo tenga, nuestra razón indica que no es lo correcto, pero no con la suficiente fuerza como para que desechemos el pensamiento y, al contrario, nos deleitemos en él. Por otra parte, están las alusiones a posibles escenarios ofrecidos por los medios en los que presentan lo que deseamos de una manera tan creible que las asumimos como verdades. En casos como esos visualizamos a un Maduro cayéndole un misil que lo hace estallar en mil pedazos y a un Petro esposado camino a una cárcel de Estados Unidos, sin sentir el menor resquemor.
Recientes trinos de Abelardo de la Espriella, en los que asegura que no le temblará la mano para extraditar a Petro si es pedido por la justicia americana, hacen que lo imaginado tenga una posibilidad en el mundo real. Son trinos que, como truenos, anuncian rayos en plena tempestad.