Que difícil jugar con las emociones y dejar que estas hagan su propia sinfonía. Soy poco aficionado al futbol y rara vez veo un partido. Sin embargo, la famosa final de Argentina-Colombia me tenía emocionado. Para Colombia la gran oportunidad de ser campeón. Se lo merecía y ojalá lo lograra. Sentía que era “parte de la selección” y la identidad grupal definida. Sin ser experto llamo la atención la prórroga del partido: por dificultades con los aficionados el juego solo empezaría a las 20:15. No me distrajo y pensé que seguramente muchos colombianos, a pesar de las entradas bastante caras, no habían podido ingresar. En una final como esta había que estar en el estadio desde 4 horas de anticipación.
No soy experto para hablar o analizar el partido. Hablemos si del hecho lamentable de miles de aficionados, portando el uniforme de la selección, ingresando en forma bruta para ver el partido. Es la absoluta falta de civismo que expresa total grosería. Algo descompuso desde años nuestra DNA y el día del partido encontró todas las razones para explicarlo. En nuestro cerebro emocional las estructuras más automáticas y la corteza del cíngulo resolvían estas tensiones: incentivo, racionalización y oportunidad.
No conozco a Ramón Jesurum, Solo sé que ha recorrido como directivo el futbol colombiano y latinoamericano. Se ha destacado siempre por un hombre de gran capacidad técnica y empresarial. Ha llevado con eficiencia y decoro a la selección de hoy y verla competir, después de 23 años por el primer lugar, es toda una hazaña. La noche de la premiación brillo por su ausencia
:estaba con uniforme anaranjado dándole cuenta a la autoridad de su provocado comportamiento bochornoso a la salida del estadio. Se comporto como la masa. No juzgare tampoco si fue justa o injusta: los hechos hablan solo, pero lo cierto es que esto fue reflejo, inicuo, del mal comportamiento del ciudadano colombiano.
Son tantas los ejemplos: la agresividad en el tráfico, las piruetas en las motocicletas y que tal vandalizar las estaciones del transporte. No nos importa el vecino y conjugamos solo el yo en esta movilización de la población. Se perdió la cooperación del buen desarrollo: no se respetan las colas y entre más elegante más fácil se las vuela. La normal educación de ceder el turno no existe: queremos que se nos atienda y punto. Los otros esperan.