“Caminar, caminar y caminar” pedía el pasado 6 de marzo un reconocido, pero venido a menos, periodista como si caminar pudiera tumbar dictaduras de facto que se cubren con el manto de la democracia. Ese llamado a caminar me hace recordar a Forest Gump quien logró caminando atraer cientos de simpatizantes que se unieron a su “causa” creyéndolo uno de esos delirantes calentólogos a quienes todo se le cree hasta la locura de que los humanos estamos sobrando y habría que deshacerse de su mayoría por que tan solo respirar hace un inmenso daño al medio ambiente. Pero no se trata de eso cuando menciono lo de “caminar, caminar y caminar” sino a algo un tanto más acorde con nuestra triste y vergonzosa realidad, insoportable para los colombianos, que anima no a “caminar, caminar y caminar” pero si a marchar, palabra que prefiero aunque no haya gran diferencia en los términos. Con una convocatoria que fue exitosa porque fuimos muchos los que salimos a la calle a llenar las plazas del país nos vienen ahora con el cuento de que fue una marcha exitosa. Lo que espero siempre en casos como este, por demás catastróficos, es un milagro y de esos bien grandes, porque creer que, caminando, marchando o quedándonos parados en una plaza hará que el usurpador decida buenamente largarse es de una ingenuidad que no deja de ser muy tierna en el caso de que sea creíble para algunos caminantes o marchantes, pero terrible si son los políticos de la oposición los ingenuotes que se lo creen.
Hace unos años, en una de esas marchas contra el miserable que vendió el país llevándolo a la situación actual, uno de apellido Santos, fuimos llegando a la Plaza de Bolívar y, como es de puro sentido común, frente al congreso con megáfonos se instalaron los animadores de la oposición. En el costado occidental el mismo que hoy es presidente -por obra y gracia de su corrupta campaña y que le debe mucho a la cobarde tolerancia del gobierno de turno- quien para ese entonces hacía la peor alcaldía de la historia de Bogotá que, por cierto, no se ha caracterizado por tener buenos alcaldes, instaló una tarima y desde ahí, con música y ruidos sabotearon nuestra manifestación. Para mi gran decepción me encontré que los organizadores de la actual caminata o marcha, o lo que sea, tenían montado un parapeto similar y con música, ruidos y palabras huecas opacaban los gritos de los manifestantes que llegaban a la Plaza de Bolívar, especialmente y sistemáticamente el que se ha convertido en todo un sello de identidad: ¡Fuera Petro!