En cada momento experimentamos cambios en nuestra visión del mundo, tanto así que un leve giro de la cabeza nos ofrece una visión distinta del entorno revelándonos diferentes ángulos de lo percibido, como también añade nuevos elementos que no se podían apreciar sin ese cambio de posición. Los espacios que habitamos son un campo de experimentación en los cambios de posición, con lo que enriquecemos nuestra percepción y nuestras vivencias. Lo mencionado hasta ahora se refiere a la libre determinación de tener un punto de vista u otro que se activa especialmente en momentos de ocio. Compartir esos pequeños descubrimientos es habitual cuando nos encontramos en compañía de aquellos con los que mantenemos vínculos cercanos. Es habitual decirle a quien nos acompaña mira esto o mira lo otro queriendo, con ello, expandir el placer del descubrimiento, como si quisiéramos atrapar, sin que se nos escape, lo que es tan efímero como el paso de una nube o el vuelo de un pájaro.
Tanto en los espacios cerrados como al aire libre mantenemos esa constante búsqueda de otros ángulos de visión. El lugar pone sus condiciones, no es lo mismo ver el horizonte frente al mar que contemplarlo en un paisaje montañoso. En el interior tendemos menos a mirar hacia arriba, en cambio en el exterior, ya sea de día o de noche, tenemos un particular interés en mirar el cielo, ya sean las nubes con un fondo azul o las estrellas con un fondo oscuro. Como en la vigilia mantenemos la mayoría de las veces la cabeza vertical nuestra visión es panorámica. Tenemos que hacer un gran esfuerzo para que, estando de pie o sentados, giremos la cabeza a una posición horizontal buscando una nueva manera de observar. Los niños son expertos en darle giros a las miradas y con ello ven lo que para el adulto está oculto y no se muestra visible debido a su rigidez que es tanto física como mental.
Pienso estas cosas luego de reubicar la mesa de trabajo en la biblioteca de mi casa. Tenía desde hace meses la intención de girarla y tan solo hoy, antes de ponerme en la tarea de escribir el corto texto semanal de los lunes, me decidí a hacerlo. Ahora tengo frente a mí el estante de libros, la luz me llega por la derecha del ventanal que antes tenía de frente. Descubro un espacio que, siendo el mismo, ha cambiado de manera notoria. Los libros han sustituido a la vegetación, a la montaña y al cielo, pero me permite que con solo girar mi cabeza un poco los capture mi mirada. De esta manera no me encandila la luz exterior y puedo leer sin problema las letras que van apareciendo en la pantalla del computador mientras las tecleo.