Debería sentirme ofendido, como latinoamericano, con la amenaza de Trump de reclamar el canal de Panamá en caso de no llegar a una negociación que ponga los intereses de los Estados Unidos por encima de los de China; pero no, no me siento ofendido. Por el contrario, lo que si me causa cierto alivio en estas circunstancias es ver que el presidente electo de la potencia americana pone el ojo en su patio trasero.
No hay duda de que mientras el poderoso país, aliado de tiempo atrás, se desinteresaba de nuestro presente y le importaba poco nuestro futuro, tendiéramos a acercarnos a la potencia asiática y que esta no perdiera tan jugosa oportunidad. Colombia ha sido el país de la región más rezagado en entablar un comercio a gran escala con China a diferencia de Perú, por poner un ejemplo, lo que podría volverse un punto a nuestro favor con una segunda administración de Trump cuando las cosas pueden cambiar, dándonos la oportunidad de retomar el vínculo natural con el país del norte, siendo el mismo continente.
Es improbable que los anuncios de Trump pasen a mayores, pero si es probable que se vaya a una negociación seria que podría convertirse en una oportunidad de lujo para entablar los principios de una alianza americana en la que los conceptos desgastados de norte desarrollado y sur subdesarrollado no tendrían cabida. Argentina, al extremo sur, se puede convertir en un ejemplo de reposicionamiento en el mapa del desarrollo y el subdesarrollo. Veo muy cercano el día en que el país austral se convierta en una potencia bajo la dirección de Milei. Y qué decir de una Venezuela liberada con las mayores reservas de crudo del mundo. Colombia, por su estratégica posición, tiene un rol fundamental en los próximos años si se hace posible la pérdida de investidura del que usurpa el poder, un tal Petro que le rinde pleitesía al decrecimiento y quien se arrodillaría sin vergüenza ante los poderosos de oriente en el caso de requerirlo.