El reciente proyecto de reforma tributaria presentado por el gobierno de Gustavo Petro produjo una ola de críticas y preocupaciones. Esta inoportuna iniciativa, que busca recaudar $12 billones, se presenta en un contexto de derroche y falta de transparencia en el aumento del presupuesto de funcionamiento. Es indignante y paradójico que, mientras se busca aumentar la carga impositiva sobre los ciudadanos y empresas, el gobierno no tome medidas concretas para reducir sus propios gastos innecesarios.
Desde la constitución de 1991, Colombia ha tramitado 21 reformas tributarias, lo que equivale a una cada 18 meses. Este constante cambio en las reglas del juego, para apagar el incendio fiscal del momento, ha generado una gran incertidumbre jurídica para los inversionistas, quienes ven cómo las condiciones fiscales cambian de manera impredecible, afectando sus decisiones de inversión y, en última instancia, la sostenibilidad del crecimiento económico del país.
Además, es crucial enfrentar la excesiva concentración de poder en cabeza de la Presidencia de la República. En Colombia tenemos una monarquía presidencial coronada por un centralismo presupuestal nacional dictatorial. La actual estructura fiscal centralizada limita la capacidad de los municipios y regiones para gestionar sus propios recursos y responder a las necesidades locales.
Se necesita una reforma a las finanzas territoriales que otorgue soberanía fiscal a municipios y regiones para promover un desarrollo más equitativo en todo el país. Los alcaldes, en particular los mandatarios de municipios de sexta categoría
que representan el 88% del país, no pueden continuar en la posición indigna de ir a Bogotá para mendigar ante un congresista o un ministerio la posibilidad de obtener una partida presupuestal que permita financiar un proyecto de inversión en su territorio.
Las principales críticas a la reforma tributaria incluyen el aumento desmedido del presupuesto de funcionamiento, como la creación del Ministerio de la Igualdad, los contratos de prestación de servicios, las nuevas embajadas, las transferencias improductivas y los subsidios que pretenden clientelizar el electorado para las elecciones de congreso y presidencia en el 2026. Subsidios si, para quienes realmente lo necesitan como una oportunidad para salir adelante, no para