Hay mapas que no están hechos de calles, sino de miedos. En el país existen territorios reconocidos por su estigma antes que por su ubicación geográfica. Sectores enteros nombrados con eufemismos que se repiten en la conversación urbana: zonas “calientes”, barrios “complicados”, comunas “rojas”. Lo curioso es que no siempre coinciden con los lugares más violentos, sino con aquellos donde se acumula mayor desigualdad, mayor abandono institucional y mayor distancia simbólica respecto al poder. En otras palabras, es donde la marginalidad es señal distintiva y la percepción del riesgo se intensifica. Así, el miedo no solo se vive: se distribuye.
La forma como experimentamos el peligro no es uniforme. Un delito cometido en una zona de altos ingresos no se percibe igual que ese mismo delito en una zona popular. Tampoco la reacción institucional es la misma. En muchos sectores, una serie de hurtos, por ejemplo, con arma blanca puede desencadenar una intervención masiva de la Policía. En otros, el mismo hecho ni siquiera se denuncia. Esto no es casual. Está determinado por una estructura de poder urbano que naturaliza la idea de que unos territorios merecen protección y otros, vigilancia. Como planteó la antropóloga y catedrática Teresa Caldeira en “City of Walls”, las ciudades latinoamericanas han construido una “retórica del miedo” que justifica el cierre de espacios, la vigilancia extrema y la fragmentación urbana. Así se levantan muros reales, y simbólicos entre “los que deben cuidarse” y “los que deben ser controlados”.
La desigualdad produce exclusión económica y territorios del miedo sin espacio público protegido, sin iluminación, sin centros culturales, sin rutas de transporte seguras. Allí, incluso si no hay delitos frecuentes la vida cotidiana está marcada por la sensación de riesgo. Es la inseguridad estructural: no la que se mide por número de hurtos, sino por la ausencia del Estado en sus funciones más básicas. La percepción del riesgo nace más allá de la experiencia directa del crimen, se origina también desde el abandono repetido, el silencio institucional, el deterioro visible, y como toda percepción sostenida en el tiempo, se vuelve creencia colectiva. Se instala como verdad.
Pero hay algo más. La segregación se manifiesta con miedo dentro de los territorios excluidos y fuera de ellos. Las clases altas tienden a sobrestimar el riesgo que proviene de sectores populares. Se refuerzan estereotipos: el joven de barrio es visto como sospechoso, el migrante como amenaza, el territorio pobre como zona roja. Esta sobrerreacción deriva en políticas públicas basadas en el control, no en la prevención. Patrullajes selectivos, vigilancia desproporcionada, allanamientos masivos, intervenciones militares. La seguridad termina aplicada como un castigo al territorio, no como un derecho ciudadano.