Hace unos años, cualquier incidente en una cuadra —un intento de robo, una pelea entre vecinos, la llegada de un desconocido sospechoso— bastaba para activar la alerta colectiva. Se comentaba en la tienda, se compartía en la esquina, se reunía a los vecinos. Hoy, en cambio, la reacción parece distinta: se cierra la puerta, se baja el volumen, se deja pasar. El espacio comunitario se reduce. El barrio se vuelve silencioso. La cuadra ya no conversa.
La Encuesta de Percepción y Victimización de Bogotá 2024 confirma ese fenómeno: solo el 11,8% de la población participó en espacios comunitarios de seguridad y convivencia en el último año. El resto —el 88%— optó por la distancia, el desinterés o, más frecuentemente, por la desconfianza. ¿Cómo se gestiona la seguridad en una ciudad donde la comunidad ya no se organiza?
Más allá del dato frío, este hallazgo revela una transformación profunda: la seguridad ha dejado de ser vista como un bien común y ha pasado a percibirse como una responsabilidad individual o estatal, pero no comunitaria. En otras palabras, muchos bogotanos esperan que la solución venga de afuera (de la Policía, de la alcaldía, del gobierno), sin que eso implique activar su propio entorno inmediato.
Este fenómeno tiene raíces complejas. Una de ellas es la erosión del capital social. Robert Putnam lo advirtió desde los años noventa: las sociedades que pierden sus lazos vecinales, sus redes de confianza, sus hábitos de cooperación informal, son más vulnerables a la desafección cívica. Bogotá no es la excepción. La fragmentación social, la desconfianza entre vecinos, el miedo a la estigmatización y la falta de resultados visibles en procesos comunitarios han debilitado el sentido de pertenencia barrial.
A esto se suma otro componente: la invisibilidad institucional de las iniciativas comunitarias. Muchas veces, los espacios como los frentes de seguridad, las juntas de acción comunal, las redes de cuidado o los encuentros de cuadra terminan siendo esfuerzos aislados, sin continuidad ni articulación real con la política pública. La ciudadanía percibe que participar no cambia nada. Que asistir a una reunión es una pérdida de tiempo. Y frente a esa sensación de ineficacia, el silencio se vuelve opción.
Sin embargo, desde un enfoque de seguridad urbana integral, este retroceso en la participación es alarmante. Porque la seguridad, entendida como bien colectivo, requiere de corresponsabilidad ciudadana, de ejercicio del derecho a la ciudad, y de control social informal. Como bien lo plantea la criminología situacional, el entorno seguro no se produce solo por la vigilancia formal, sino también por la apropiación activa del territorio. Es decir, una cuadra donde los vecinos se saludan, se conocen, y tienen canales de comunicación, es menos propensa al delito que una donde cada quien vive de espaldas a los demás.