Junio, julio, agosto y luego un año para el fin del mandato del peor gobierno de la historia de este sufrido país. Nos inquieta que el tiempo esté pasando veloz, aunque, en este caso, es motivo de tranquilidad. Si logramos salir airosos de esta maléfica prueba que nos puso el destino no es para caer de nuevo en tamaño error; decidir a quien se lleva a la presidencia es cosa seria, no es cosa de jueguitos, repetir la dosis sería fatal.
Cada día se suman candidatos, lo que considero una ventaja en las presentes condiciones. En las pasadas elecciones la baraja de candidatos favoreció a las movidas corruptas que forzaron la llegada ilegal del mequetrefe al poder. ¡Inimaginable que semejante mamarracho pudiese engañar a toda una sociedad para cumplir sus sueños de poder! Pero así fue y es lo que debemos evitar en el futuro. En las que siguen, no teniendo un opositor visible a quien atacar, es una ventaja para quien al final, inevitablemente, agrupará a las mayorías opositoras, lo que garantizará un triunfo holgado. La segunda vuelta obliga a esa unión. Por ahora, candidatos con 10 % de favorabilidad y de ahí para abajo, no dicen nada, ni siquiera muestran una tendencia.
La pregunta obligada cuando aparece el tema político es la de quién será el elegido. Entre esa cantidad de aspirantes no se ve ninguno que despegue, que comience a tomar ventaja. La primera vuelta con semejante cantidad de aspirantes, como en las carreras de caballos, al arranque uno toma la delantera, pero por muy poco, ni siquiera una escapada garantiza el triunfo. Solo cuando llegan los caballos a la recta final es el momento de las definiciones. En la meta solo uno gana, así sea por escasos centímetros. Así será la contienda y tendremos al elegido para apoyarlo, sin reparos -ya suficientes y a raudales le llegarán de parte del régimen y sus furiosos compinches- en la definitoria segunda vuelta. De ahí la importancia de asumir con seriedad nuestro voto el 31 de mayo de 2026.