Imaginemos por un instante que un país es como una casa. No importa cuán grandes sean sus ventanas o cuán alto sea su techo: si sus cimientos son débiles, puede derrumbarse. Hemos intentado levantar esa casa sobre bases inestables, sin reconocer que la seguridad no es en sí misma una meta de desarrollo estatal, sino la condición previa. No es un lujo, es un derecho elemental, y sobre todo, es una necesidad psicosocial que afecta las dimensiones de la vida humana desde el pensamiento, la palabra y el comportamiento, y en especial la interacción con los demás y con las instituciones, columnas de esta gran casa que llamamos Colombia.
Así, la seguridad se transforma en algo tan esencial como el alimento, el agua o el sueño. Esta no es una metáfora ni una exageración. Abraham Maslow lo formuló con claridad en su jerarquía de necesidades humanas para destacar que, sin seguridad el ser humano no puede avanzar hacia el amor, el conocimiento, la creatividad o la autorrealización. Aunque en política se sigue reduciendo a cifras de homicidios o número de patrullas, en la vida real la seguridad se traduce en algo más íntimo: poder caminar con tranquilidad, confiar en el otro, criar a los hijos sin temor, dormir sin sobresaltos.
En nuestro contexto, este derecho básico vulnerado históricamente, deja una secuela trasmitida de generación en generación: la persistencia del temor como condición de vida. El miedo constante —aunque invisible— desgasta, enferma, condiciona. Zygmunt Bauman, en su libro “Miedo líquido”, advierte que en la modernidad líquida las amenazas son cada vez más difusas e impredecibles, y por eso, más angustiosas. Ya no es solo el peligro concreto lo que nos paraliza, sino la sospecha incesante de que algo nos puede pasar. Vivir así es vivir a medias.
El impacto psicológico de esa inseguridad no es un tema menor. Bruce Perry, psiquiatra infantil y experto en neurodesarrollo, en su libro “The Boy Who Was Raised as a Dog” ha documentado cómo los entornos inseguros, incluso sin violencia física directa, pueden alterar la arquitectura cerebral, en especial en los niños. El estrés crónico genera un estado de alerta constante que impide desarrollar vínculos de confianza y afecta funciones cognitivas superiores como la atención, la memoria o el razonamiento. En otras palabras, un niño que crece con miedo no solo pierde tranquilidad, pierde capacidad de aprender, de crear y de proyectar su vida.
Por su parte, los adultos expuestos a contextos de alta incertidumbre —barrios controlados por bandas criminales; fronteras invisibles; zonas rurales abandonadas; mujeres víctimas de agresiones o aquellas que deben modificar sus rutinas para evitarlas; entre otros aspectos.— también padecen los efectos del miedo sostenido: ansiedad, retraimiento social, agresividad defensiva, desasosiego y pérdida de fe en el futuro. ¿Cómo puede florecer una sociedad bajo esas condiciones?