Después de ochenta años de espera, Bogotá por fin tiene Metro. Lo que durante generaciones fue apenas una promesa incumplida hoy se convierte en realidad. No hablamos solo de un tren: hablamos de un símbolo de grandeza, de lo que este país es capaz de lograr cuando la visión y la perseverancia se imponen sobre la mezquindad y la polarización.
El Metro no es de un gobierno ni de un partido. No es de izquierda, ni de derecha, ni de centro. Es de paisas, costeños, caleños, opitas, chocoanos, rolos, llaneros, santandereanos y de todas las regiones. Es de un país que necesita reconciliarse con sus grandes obras y aprender a quererlas, porque se financian con los impuestos de todos y porque representan el legado que dejamos a las próximas generaciones.
Por décadas, el Metro fue el espejo de nuestras falencias: una ciudad atrapada en discusiones ideológicas, políticos enfrascados en peleas estériles y oportunidades que se nos escapaban entre los dedos. Ocho décadas de atraso que costaron calidad de vida, tiempo con la familia, competitividad económica y la posibilidad de soñar con una ciudad de primer mundo. Cada día perdido significó más trancones, más contaminación, más frustración para millones de ciudadanos.
Esa historia no se puede repetir. El Metro debe ser el punto de inflexión. Si queremos dejar de ser un país de tercer mundo, tenemos que dejar de pensar como uno. La infraestructura no puede seguir siendo un capricho político: debe convertirse en una política de Estado, con continuidad garantizada más allá de los cambios de gobierno.
Ese futuro solo se construye con visión a largo plazo y con alianzas sólidas. La empresa privada, la academia, los gremios y las asociaciones de la sociedad civil cada día deberían tener más peso en las decisiones gubernamentales, para pensar las ciudades del mañana con planeación estratégica que trascienda gobiernos y coyunturas políticas.
Cada kilómetro de Metro genera miles de empleos directos e indirectos, atrae inversión, impulsa el valor de la vivienda y reduce emisiones. Experiencias internacionales y estudios del Banco Interamericano de Desarrollo lo demuestran: el transporte masivo eléctrico no solo transforma la movilidad, también eleva la productividad, mejora la competitividad y le devuelve calidad de vida a las personas. Ese es el debate que debería importarnos, no la vanidad de los gobernantes de turno.