En una edición de la revista Cromos de 1981, la célebre periodista Oriana Fallaci contaba que en Fiesoli –pueblo cerca de Florencia, Italia– había muerto un dirigente comunista que antes de morir había pedido que la ceremonia fúnebre fuera religiosa, pues decía ser católico. Sin embargo, como el papa Pío XII había excomulgado a los comunistas, el cura del pueblo se la negó. Los camaradas quedaron “picados”, dispuestos a sacarse el clavo, y decidieron, narra Fallaci, “robarle al sacerdote los atuendos e implementos para el funeral –cirios, estolas, etc.–, disponibles en la casa cural, se vistieron de curas al día siguiente y llevaron al muerto al cementerio murmurando salmos y rezos”.
La historia ejemplifica dos escenarios: quedar “picado”, es decir, con cierta rabiecita, y “sacarse un clavo”, esto es, responder a desaires, ofensas, etc., escenarios, ambos, muy humanos. Es que sacarnos el clavo constituye un acto de equilibrio o compensación, también de venganza o retaliación, que desencadenamos para evitar que quien nos “picó” y “clavó” nos perciba tontos o cobardes.
Aterrizo el tema con Petro, a quien le aterra proyectar, cualquiera sea el campo en que actúe, ser tonto o cobarde. No sorprenderá: es que dicho dirigente es un ser humano –aunque muchos de sus fieles lo tengan por mesías–, tanto, que denominó “Colombia Humana” a su movimiento político para no llamarlo “Colombia Socialista”, “Colombia Roja” o algo que reflejara su ideología real.
Sacarse un clavo, en el sentido figurado, valiéndose de cualquier procedimiento, es un recurso muy apetecido por la izquierda en todos sus grados. Lo vemos en el entierro del comunista italiano y en la ceremonia de posesión de nuestro personaje, quien deseaba jurar el mando ante la amada espada de Bolívar en compañía de la paloma de la paz del pintor antioqueño Fernando Botero. No obstante, el presidente Iván Duque, antes de terminar su período, había prohibido que la reliquia de nuestra historia saliera de Palacio por carecer de unas pólizas especiales de seguridad. A ello, la comitiva petrista respondió que estaban dadas todas las garantías para proteger la integridad de la espada, y que la decisión de Duque había sido un acto “de mala gente”.