En el país los asuntos relacionados con la criminalidad y la violencia hacen parte fundamental del debate político, la academia y la vida social cotidiana. La percepción de inseguridad experimentada por el aumento del crimen y la delincuencia, y por las dificultades que atraviesan las autoridades para prevenir y reprimir el delito, amenazan la calidad de vida de la sociedad, así como la estabilidad de la democracia.
En efecto, los fenómenos presentados con mayor frecuencia en las ciudades son el hurto a personas, la comercialización de estupefacientes y su consumo, la intolerancia social manifestada en conductas violentas en la calle y en el hogar, al igual que los delitos sexuales, el homicidio, el secuestro y la extorsión, y hoy se suma el cibercrimen. Como también los factores sociales y una infraestructura urbana deficitaria que conducen a estimular que se produzcan comportamientos delictivos y faltas sociales.
En Colombia, la lucha contra el delito se ha trasladado con mayor énfasis al empleo de medidas policiales, militares y judiciales, centradas en qué forma debe organizarse, transformarse y reestructurarse la Policía Nacional y sus Fuerzas Militares para que estas instituciones y sus acciones sean contundentes, pero en realidad lo que es necesario es renovar la discusión y desmontar los mitos de la seguridad ciudadana.
Por tal razón, los mitos de seguridad son una construcción mental que se reafirman mediante la cultura y los comportamientos habituales de la sociedad y las autoridades, los cuales en medio de la cotidianeidad reflejan nuestra forma de ver la realidad y sobre estos creamos conceptos e imágenes acerca de la seguridad ciudadana, que terminan influyendo en nuestro desarrollo y en la interacción con los demás.
Por lo cual, no es para nada raro que uno de los primeros mitos que surgen, con el deseo de ver disminuir la delincuencia es sugerir la modificación permanente del código penal, mediante el endurecimiento de las penas, la tipificación de nuevos delitos, la disminución de la edad penal y el aumento del encarcelamiento, entre otros. Como si con la sola aprobación de estas reformas el crimen se reduciría.
Un segundo mito, se refiere al hecho que la presencia militar y policial en nuestras ciudades es suficiente para el control de las infracciones penales. El crimen en Colombia, es muy distinto al que se presentaba hace 20 años. Hoy, el delito ha mutado, no solo es una transgresión local, sino que es ejecutado por organizaciones transnacionales, y con mayores enlaces con otros delitos. Por eso, se requiere niveles de investigación criminal e inteligencia más sofisticados, con acciones de coordinación y articulación regional y global que permitan a las autoridades anticiparse al crimen.