Durante su visita a Colombia en 2017, el Papa Francisco dejó varias enseñanzas que, 8 años después y ante la escalada violenta que padecemos, resuenan con toda la fuerza. Pocas tan urgentes como su llamado a “pasar del cumplimiento al compromiso”. Desde los acuerdos de paz sólo hablamos de su “cumplimiento” pero soslayamos el compromiso individual y colectivo que necesita el propósito de superar la violencia para materializarse.
El cumplimiento es cómodo. Nos permite decir que hicimos lo que se nos pidió, que no somos responsables directos de lo que ocurre más allá de nuestra burbuja. Es pagar impuestos, ir a votar, quejarse de la corrupción sin mover un dedo para enfrentarla. En cambio, el compromiso incomoda. Nos exige asumir responsabilidad, involucrarnos, hacernos cargo, cuestionar nuestras propias acciones y omisiones.
Avanzar hacia un compromiso con Colombia no significa ir hacia los lados que pretenden entrampar al país en una pelea estéril y destructiva. Se trata de que el país avance hacia adelante, mire al futuro y deje en el pasado a quienes tuvieron el poder y se dedicaron a dividirnos desde el odio. Es hora de dejar atrás a quienes perdieron la oportunidad de unirnos en un compromiso colectivo que construya soluciones para la gente e incluya a todos.
El compromiso es con los territorios abandonados por el Estado donde el crimen organizado impone su ley. Con los niños que nacen sin nutrición ni afecto, con los jóvenes sin oportunidades de educación e ingreso digno que encuentran en las armas o las economías ilegales una condena a la muerte violenta. Comprometámonos con las comunidades que no saben lo que es un día de tranquilidad. Por eso el mensaje del Papa tiene una vigencia dolorosa pero necesaria: no basta con desear la paz o esperar que llegue, hay que asumir la responsabilidad de trabajar por ella.